Fotografía 51, de Rosalind Franklin, clave para descubrir la estructura del ADN

En 1962 se concedía el Premio Nobel de Medicina a los británicos Francis Crick, James D. Watson y Maurice Wilkins “por sus descubrimientos concernientes a la estructura de los ácidos nucleicos y su importancia para la transferencia de la información genética”. Los dos primeros habían desvelado la estructura de doble hélice del ADN, mientras que el tercero había aportado su trabajo previo de investigación y recopilación de datos. Sin embargo, ninguno de ellos habría obtenido los resultados necesarios para elaborar su teoría sin la aportación de Rosalind Franklin, biofísica y cristalógrafa que había sido su compañera en el King’s College de Londres durante dos años.

Ninguno la citó en el discurso de aceptación del premio, y solo la confesión tardía de Francis Crick posibilitó que, años después, el nombre de la mujer figurase en la lista de eminencias que llevaron a la carrera genética varios pasos más allá de donde estaba. A Rosalind la condenó el machismo dominante en la época, que limitaba la participación activa de las mujeres en la Universidad (incluso tenían vetado comer en el comedor principal de la institución y estaba limitado el número de ellas que podían doctorarse), así como sus costumbres y manera de ser desinhibida, influida por una estancia previa en París, que chocaban con la esencia británica de sus compañeros de laboratorio.

El ADN es una doble hélice enrollada. Esa es la conclusión principal del estudio de Crick y Watson, publicado en 1953 y que les proporcionó el más prestigioso galardón científico. La idea surgióal ver una fotografía tomada por Franklin, que era experta en ordenar fibras de ADN sometiéndolas a difracción de rayos X. Esa fotografía, junto a varias reflexiones de la científica sobre el posible significado de lo que en ella se veía, formaban parte de un trabajo de investigación que fue filtrado a sus colegas, aun cuando estaba pendiente de evaluación. Al poco tiempo, fue invitada a abandonar su trabajo en genética por el director del laboratorio, John T. Randall, y dedicarse a otros asuntos.

Obediente, Rosalind Franklin pasó a la investigación de virus, campo en el que también logró importantes resultados, con avances fundamentales en cuanto a la estructura del virus del mosaico del tabaco y el de la polio. En 1958, con 37 años, fallecía por complicaciones de una broncopulmonía, cáncer de ovarios y carcinomatosis secundaria. Dadas las condiciones de la investigación en laboratorios de la época, en la que la seguridad de los científicos no entraba en juego, es de suponer que el cáncer fue provocado por su trabajo con la difracción de rayos X. El mismo con el que logró la fotografía 51 (por este nombre es conocida) que llevaría a la gloria a sus compañeros cuatro años después de su fallecimiento.

Rosalind Franklin tenía fama de vehemente y poco cordial, lo que habría enturbiado su relación con el resto de científicos del King’s College. Principalmente con Wilkins, quien posiblemente no vio con buenos ojos que una recién doctorada llegase para pisarle su terreno de investigación. Sin embargo, se sabe que con Crick las aguas corrían más tranquilas, e incluso Franklin llegó a viajar con él y su esposa. En cualquier caso, se trataría de justificaciones para suavizar el hecho evidente de que fuese ignorada en la ceremonia de los Premios Nobel —que ella no podía ganar, en cualquier caso, por haber fallecido previamente— cuando su aportación fue imprescindible para desvelar la estructura de la doble hélice. El papel de las mujeres en la ciencia aun estaba por lograr el pleno reconocimiento.

El tiempo, sin embargo, acaba por colocar a cada cual en su lugar (al menos, en la mayoría de las ocasiones), y Rosalind Franklin ha terminado figurando con letras de honor en el listado de los grandes científicos que han hecho avanzar a la humanidad hasta puntos previamente inimaginables. Así, el mismo King’s College donde fue ninguneada puso su nombre a un edificio (eso sí, compartido con el de su rival Wilkins); Patrimonio Inglés colocó una placa conmemorativa en la que fuera casa de la científica; la Royal Society instauró el premio Rosalind Franklin a la aportación en tecnología, ingeniería y ciencias naturales; e incluso la Escuela de Medicina de Chicago fue rebautizada en 2004 con el nombre de la científica.

Su historia, su experiencia y su aportación sirven de paradigma de lo que las mujeres tuvieron (o tienen) que luchar para hacerse un nombre en los ámbitos considerados masculinos por los propios hombres. De cómo mayores méritos no significan necesariamente mayor reconocimiento. Y, sobre todo, de cómo un espíritu inquebrantable puede continuar dedicándose a lo que le apasiona, con éxito, a pesar de todos los obstáculos que la sociedad y su mismo entorno se esfuercen por poner a su paso.

MA Blanco

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