La trayectoria profesional y vital de la científica italiana Rita Levi-Montalcini da material suficiente para una producción de Hollywood. Tiene todos los ingredientes necesarios para optar a los Oscar, si se realiza con estilo y precisión: espíritu de superación, lucha contra la adversidad, nazis al acecho, identidades falsas, laboratorios clandestinos, descubrimientos científicos que llevan al Premio Nobel, política, dedicación a la mejora de las condiciones de vida de los olvidados

A la hora de desarrollar su carrera, Rita Levi-Montalcini, nacida en Turín 1909, tuvo que superar, primero, la oposición de su padre, un acaudalado empresario judío que no creía en la educación universitaria para las mujeres. Aun así, ella se empeñó en estudiar Medicina tras la muerte por cáncer de su niñera, a la que se sentía muy unida.

Tras licenciarse, comenzó a trabajar en la clínica de neuropsiquiatría y en el Instituto Anatómico dela Universidad, a las órdenes de su mentor, Giuseppe Levi. Hasta que en 1938 el régimen de Benito Mussolini promulgó una ley racial que impedía el trabajo en universidades y, en general, en cualquier profesión por libre a los no arios. Rita encontró la solución al problema: instaló un laboratorio en su propia habitación, en el que continúo sus investigaciones, junto a Giuseppe Levi, sobre el sistema nervioso. 

Al comenzar la Segunda Guerra Mundial, Rita abandona Turín, ciudad víctima de frecuentes bombardeos, y se instalan en el campo. Ahí monta otro laboratorio casero, esta vez en la cocina de su casa. Las precarias condiciones no le impidieron descubrir el proceso de muerte masiva de células nerviosas en la fase inicial de su desarrollo, lo que, tres décadas más tarde, fue desarrollado por otros autores y recibió el nombre de apoptosis o muerte celular programada.

Los últimos años de la guerra, tras la invasión nazi, los pasa en Florencia bajo una falsa identidad. Allí colabora con grupos de partisanos, a los que ayuda a falsificar documentos para aquellos que huyen del exterminio.

Al finalizar la guerra, en 1947, sus investigaciones sobre el tejido nervioso le suponen una invitación para trabajar unos meses en la Washington University de Saint Louis, en Estados Unidos. Esos meses acaban convirtiéndose en tres décadas como profesora de la universidad.

Es en este periodo de tiempo cuando el trabajo de investigación realizado en los laboratorios caseros acaba por dar sus frutos: Rita Levi-Montalcini descubre el factor de crecimiento nervioso. Es 1951, y la comunidad científica recibe la noticia con recelo, puesto que este factor de crecimiento se salía de las hipótesis dominantes en cuanto al desarrollo del sistema nervioso. En 1986, Rita recibirá por este descubrimiento el Premio Nobel de Medicina, junto a Stanley Cohen.

“El compromiso, la confianza en sí mismo, la serenidad y el valor son el estímulo más potente para superar dificultades de toda índole, presentes, en general, en todo recorrido humano”, ha dejado escrito Rita. Y ella ha seguido al pie de la letra su propio consejo, ya que a sus más de cien años sigue trabajando cada día en dos instituciones creadas por ella misma a principios del siglo XXI.

La Fundación Rita Levi-Montalcini Onlus se dedica a fomentar la educación de mujeres africanas. Lleva más de 6.000 becas concedidas para la alfabetización de niñas y jóvenes de las zonas más deprimidas de África. Además, Rita es una luchadora incansable contra la ablación genital, una práctica habitual en algunos países de este continente. Al frente del European Brain Research Institute (EBRI), dedica sus esfuerzos a luchar contra las enfermedades degenerativas del cerebro, al tiempo que proporciona una salida profesional para los jóvenes investigadores italianos.

Sus muchos méritos, a los que hay que añadir el ser la ideóloga original de la Carta Magna de los Deberes Humanos, un documento aprobado por la ONU para luchar contra los peligros para la biosfera provocados por el ser humano, la llevaron a ser nombrada senadora vitalicia en Italia. Allí también han comprobado cómo, a pesar de su edad, mantiene la lucidez necesaria para luchar con tenacidad a favor de la ciencia y, en general, del pueblo.

MA Blanco

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