Conocimiento. Ciencia. Edad Media. Juntas nos trasladan a los claustros y refectorios de abadías religiosas, al menos en la Cristiandad. Y en género femenino, se elevan a la categoría de milagro. Quizás por ello no es de estrañar que Hildegard de Bingen acabara subiendo a los altares.

Nacida en 1098 en los alrededores de Maguncia (Alemania), fue entregada como “diezmo” a la Iglesia por sus progenitores, pertenecientes a la nobleza local. Hildegard se separó de sus nueve hermanos a los 8 años para recibir la formación religiosa en Disibodenberg, donde profesó como monja y ejerció como abadesa años más tarde. 

Teóloga, mística, compositora musical… esta polifacética mujer legó a la ciencia, y en concreto a la medicina, dos obras que sirvieron de magisterio en las centurias siguientes, no solo por la capacidad de diagnóstico de las enfermedades sino por el glosario de recetas (naturales) para su tratamiento: ‘Physica’ y ‘Causas y Remedios’.

El primero aborda las propiedades y utilidades de las animales, plantas y minerales para los seres humanos. En el segundo, se centra en los aspectos médicos y describe un glosario de enfermedades, sus tratamientos y describe el funcionamiento de los diferentes órganos internos del cuerpo humano.

Coherente con la doctrina de su época, Hildegard achacaba los males, y por tanto las enfermedades del hombre, al alejamiento de Dios, al pecado original y predicaba como remedio una dieta correcta y hábitos de vida sanos.

La abadesa ‘predicaba’ que en los elementos más corrientes de la naturaleza se hallan todos los remedios para para sanar el cuerpo: en las plantas, en partes de los animales, en las piedras e incluso en la música se pueden encontrar remedios para curar el espíritu (compuso más de 70 piezas musicales con este fin). Todo un compendio que presenta numerosas analogías con las medicinas tradicionales indias o chinas.

Adelantada a su tiempo, Hildegard subraya que el factor espiritual, psicológico, juega un papel relevante en todas las enfermedades. Incluso áreas aparentemente lejos del espíritu, como la vulnerabilidad a los virus, está determinada muchas veces por la debilidad anímica, el estrés, la depresión, la falta de anclajes sólidos a los que agarrarse.

En el momento en el que Adán desobedeció el mandato divino, en ese mismo instante, la melancolía se coaguló en su sangre (…) Hay otros hombres que son tristes, tímidos, así como vagos en sus mentes(…) y esta melancolía es negra y amarga, y exhala todo mal, y a veces hace ebullir como por las venas la enfermedad hacia el cerebro y el corazón, y muestra la tristeza y la duda de toda consolación, de manera que el hombre no puede tener ninguna alegría…”.

Con un lenguaje directo, alejado de la prosa de su siglo, revisa el conocimiento médico de su época: “El jugo de malva disuelve la melancolía y el jugo de salia la reseca, el aceite de oliva calma la fatiga de la cabeza dolorida, mientras que el vinagre quita a la melancolía su fuerza”. Toda una revolución que precisó de la autorización del papa Eugenio III para que sus obras fueran publicadas.

Tras el plácet del santo padre, ambas obras tuvieron amplia difusión en la Edad Media, fuera en el ámbito universitario como en el facultativo. Hay referencias concretas de que se usaban en la escuela de medicina de Montpellier y en la universidad del Heidelberg, y también se conservan catálogos de obras médicas y textos facultativos de los siglos XIV y XV con partes de estos libros.

Hildegard murió el 17 de septiembre de 1179 y fue sepultada en la iglesia de su convento de Rupertsberg.

Bibliografía:

  • Victoria Cirlot ( Editora) Vida y visiones de Hildegard von Bingen.. Ed. Siruela. Madrid.2001
  • Manfred Pawlik (Recopilación) El arte de sanar de Santa Hildegarda. Ed- Tikal. Madrid
  • Peter Köhler.( Recopilación) El huerto medicinal. Ed. Tikal. Madrid.
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