Gerty y Carl Cori, trabajando en su laboratorio

Gerty Cori tiene muchas cosas en común con el resto de científicas que estamos dando a conocer en esta publicación: una pasión irrefrenable por la ciencia, un dedicación exhaustiva a la investigación para mejorar la calidad de vida del ser humano, una capacidad de lucha sin límite contra las adversidades y un Premio Nobel. Por supuesto, también tuvo que enfrentarse al ninguneo del sector masculino académico, con la excepción de su marido, Carl, con quien siempre formó equipo y quien siempre la apoyó en el trabajo.

Nacida en Praga en 1896, de padre químico de formación y de madre amiga del genial escritor Franz Kafka, desde pequeña tuvo claro que de mayor quería ser médico. Con 24 años, ya era doctora en Medicina. Dos años más tarde, emigraba a Estados Unidos con su marido, huyendo de la miseria provocada por la Primera Guerra Mundial. No llegaron a la vez a su destino: a ella le costó conseguir el permiso de trabajo necesario para entrar en el país del que luego adoptaría la nacionalidad. 

Formando equipo con su esposo, a pesar de las dificultades que ambos encontraron para desarrollar su trabajo a cuatro manos —a ella le llegaron a advertir que era “poco americano” trabajar en pareja—, pronto comenzaron a destacar en el campo de la alimentación celular. Es decir, el metabolismo de los carbohidratos en las células humanas y cómo estas transforman la energía de la que se alimentan. En diez años, habían publicado más de 50 artículos, algunos firmados individualmente, pero la mayoría como colaboración entre ambos.

Durante esta fase de su trabajo, en el hoy conocido Roswell Park Cancer Institute de Búfalo (Nueva York), elaborarían la teoría del ciclo de Cori, que explica cómo se produce el proceso de transformación y síntesis de carbohidratos en el tejido muscular. Por esta investigación, publicada en 1929, la pareja recibiría el Premio Nobel de Medicina en 1947, compartido con el argentino Bernardo Houssay.

En 1931, Carl consigue una plaza de investigador en la facultad de Medicina de la Universidad de Washington, en Misuri. A pesar de que los resultados obtenidos en equipo son conocidos, la universidad ignora en principio a Gerty, aunque acaba aceptándola como investigadora asociada, por insistencia de Carl, con un sueldo mínimo comparado con el del marido y con la advertencia de que con ello podría perjudicar la carrera de este.

Aun así, prosiguen su investigación en el campo de la transformación de carbohidratos y glucosa, hasta que aislan lo que ahora conocemos como éster de Cori, una enzima fundamental para este proceso. En 1943, Gerty será admitida en la universidad como profesora asociada y, poco antes de conseguir el Nobel, ascendida a titular.

También en 1947, la científica es diagnosticada con mieloesclerosis, una enfermedad de la médula ósea irreversible. Durante los diez años en los que luchó contra ella, hasta su muerte en 1957, no dejó de investigar. Su trabajo ha servido para el desarrollo de tratamientos para combatir enfermedades como la diabetes. En su funeral, el español Severo Ochoa destacó su “gran profundidad espiritual”. Un cráter en la Luna lleva su nombre.

MA Blanco

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