Foto de Dennis Wong

De entre los cinco sentidos, es probable que el olfato esté considerado por la mayoría de la gente como secundario. Le prestamos atención en momentos concretos: cuando algo huele muy bien o, por el contrario, de forma desagradable. Pero la mayoría del tiempo no estamos pendientes de él. No ocurre como con la vista, el oído e incluso el tacto, de los que somos plenamente conscientes todo el tiempo. Y si uno falla, enseguida nos alarmamos. Con el olfato no sucede lo mismo.

Es posible que por este motivo, se haya tardado tanto tiempo en conocer el funcionamiento del olfato. Cómo está estructurado el proceso que lleva al cerebro a interpretar un determinado olor. La descubridora de este mapa del proceso olfativo fue Linda Buck, cuyo trabajo de investigación que llevó a la identificación de los receptores olfativos sirvió para que ganase el Premio Nobel de Medicina en 2004. Buck había desentrañado los secretos de este sentido tan solo 13 años antes, en 1991. 

Linda Buck nació en Seattle en 1947, en una familia que le recomendó exhaustivamente utilizar el pensamiento crítico y no conformarse con la primera opinión que se le pasase por la cabeza sobre cualquier asunto. Asimismo, siempre le animó a perseguir sus sueños e ideales, puesto que podría lograr lo que se propusiese. Ella reconoce que en su vida ambos consejos han jugado un papel fundamental.

Así, tras varios años de titubeos y de pruebas en distintas especialidades, acabó decantándose por estudiar Biología tras asistir a un curso de Inmunología. En 1975 comienza a estudiar en la facultad de Microbiología en la Universidad de Texas, donde acaba doctorándose. Su directora de tesis le exigía precisión y excelencia en las investigaciones, lo que la propia Buck acabaría adoptando como modus operandi en su trabajo posterior. Asimismo, en esta época adquirió una visión de los sistemas biológicos como mecanismos moleculares, en los que la interacción entre moléculas determinaba cada proceso biológico.

De esta manera, tras diversas investigaciones, acaba centrándose en intentar descubrir los procesos moleculares relativos al sentido del olfato, tras pasar a trabajar en el laboratorio de Richard Axel en la Universidad de Columbia. Linda Buck y su director tienen claro cuál es el objetivo: identificar las proteínas y genes que permiten al cerebro procesar las moléculas que la nariz inhala y que nosotros percibimos como un olor determinado.

Las conclusiones se publicaron en 1991 y, a partir de entonces, Linda Buck y Richard Axel continúan sus investigaciones por separado. Ella se muda a Boston, para trabajar de profesora asistente en el departamento de Neurobiología de Harvard. Además, comienza a estudiar cómo el cerebro procesa e interpreta las feromonas y el papel de estas en la conducta sexual.

En 2002, regresó a Seattle, con un puesto en el Centro de Investigación contra el Cáncer Fred Hutchinson, así como otro de investigadora en el departamento de Fisiología y Biofísica de la Universidad de Washington. Allí continúa su trabajo sobre las feromonas. Dos años después, al recibir el Premio Nobel de Química, animó a las jóvenes investigadoras a que persigan sus sueños, como sus padres siempre hicieron con ella.

MA Blanco

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