Periódicamente, el ser humano se dedica a revisar sus hábitos alimenticios y los pone boca arriba: lo que antes era bueno ya no lo es tanto y surgen con fuerza nuevos productos que sustituyen a los anteriores. ¿Descubrimientos científicos, intereses comerciales o sencillamente marketing? De un tiempo a esta parte, la leche (y alguno de sus derivados) parece estar en el foco de mira.

El primer argumento de sus detractores es irrefutable: somos la única especie que consume este producto en edad adulta, y además, procedente de otras (de vaca fundamentalmente o de cabra). Es decir, que somos raritos si nos comparamos con el resto de los animales, que solo la ingieren de peques. Resulta obvio explicar lo rica en nutrientes que es la leche maternal, pero solo para quienes están en edad de crecer.

Sobre el aporte de calcio, tan necesario para evitar el deterioro de los huesos, surgieron las dudas al comprobar cómo en EE UU, el principal consumidor de productos lácteos, es donde más casos de osteoporosis se presentaban. Además de sugerir la ingesta directa de calcio, un estudio realizado por la American Journal of Clinical Nutrition a finales de los 80 reforzaba esta tesis al concluir que las proteínas lácteas provocan la pérdida del doble del tejido óseo que las dietas vegetarianas.

Luego vino aquello de que es muy grasa, que posee una gran cantidad de hormonas del crecimiento (en nuestro caso a lo ancho), que si es tratada poco adecuadamente en los procesos industriales, etc. Y para terminar, la ayudita de algún que otro famoso que se apuntó a la corriente de la leche de soja como más sana.

Total, que por mucho que se esfuercen en desgrasarla, en enriquecerla con calcio, omegas y otras sustancias, en contrarrestrar los informes asegurando que ayuda a reducir la concentración de ácido úrico o que protege frente a la aparición de diferentes tipos de cánceres, como el de seno o el de colón, negros nubarrones acechan sobre el blanco elemento.

Sin el ánimo de querer entrar en polémicas, desde Más que Ciencia nos limitaremos a ofrecer alternativas para su uso. Hace unos días hablabamos de su poder como quitamanchas, concretamente las de tinta china. En esta ocasión, daremos una pista para que sirva a los esforzados espías como recurso económico a la tinta invisible.

Basta con escribir el mensaje sobre una hoja de papel y esperar a que se seque. El mensaje no podrá ser leído a simple vista. Ahora bien, al acercarlo a una fuente de calor (el de una plancha o aproximarla a una bombilla) la tinta se hace visible.

La explicación es sencilla, al ser un producto orgánico (procedente de un ser vivo) la leche se va a calentar (quemar) más rápidamente que el papel sobre el que está impreso. Este efecto de combustión la va tornando en marrón poco a poco. Al recibir el calor de la bombilla, las moléculas se van quemando (se calienta más rápidamente que el papel) y el mensaje se vuelve legible.

Ahora bien, cuidado con el experimento, que mucho calor puede provocar la combustión del papel y como decían en esa serie de los 70, “este mensaje se autodestruirá en cinco segundos”.

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