Los deportistas de élite lo saben muy bien. Uno de los remedios más eficaces para cumplir con el engorroso asunto de llenar el tubito de los controles antidopaje consiste en descalzarse y dejar un tiempo en contacto los pies desnudos con el frío suelo. Los conductos se desatascan y la vejiga se vacía.

El milagro se produce gracias a los mecanismos que tiene el organismo para regular la temperatura interna y a la reacción de los músculos ante el frío. Cuando sometemos a nuestros músculos a un ejercicio continuo (ya sea prolongado o no) estamos forzando la máquina y se produce un calentamiento general.

Para evitar este calentamiento, hemos desarrollado la sudoración. Eliminar líquidos a través de la piel actúa a modo de termostato. Y lógicamente, los deportistas, que tras la prueba han forzado al máximo su aparato motor y cardiorrespiratorio, tienen que volver a la normalidad (al ralentí, si utilizamos términos de automoción) y el sudor se produce de manera espontánea. 

Y como el cuerpo humano cuenta con dos mecanismos para eliminar los excedentes de líquidos, el sudor y la orina, si utilizamos uno de ellos el otro deja de operar. El material sobrante no llena la vejiga. Es decir, a mayor sudoración menor micción. De hecho, cuando practicamos cualquier ejercicio y rompemos a sudar es raro que tengamos la necesidad de detenernos para ir al escusado.

Eso significa que para cumplir con la rutina del control antidopaje en el menor tiempo posible, además de beber una mayor cantidad, habrá que acudir a otro truco que haga que los líquidos vayan llenado la vejiga o, al menos, engañarla para que esta tenga la sensación de que está llena y nos haga evacuarla.

Tenemos que activar, bien de manera natural o artificial, una zona del cerebro que se llama puente de Varolio. Es el encargado, entre otras funciones, de controlar reflejos que permiten que el orificio de la vejiga se abra y deje salir la orina.

Y para ello, al poner los pies en contacto con una superficie fría lo que provocamos es que las terminaciones nerviosas transmitan a los músculos esta sensación que les provoca una contracción (que es la reacción natural como protección al frío). Esta tensión se va transmitiendo por todo el cuerpo y acaba estimulando los propios músculos de la vejiga.

Al tensarse no se expande, por lo que su capacidad de retener líquidos disminuye; es decir, se vuelve más reducida o se llena antes, por lo que sentimos la necesidad de orinar en cuanto tomamos un líquido.

Estas repentinas ganas de orinar tambien ocurren cuando las personas están nerviosas o asustadas. Se produce la misma tensión muscular, se pierde la capacidad para relajarse y aunque el depósito no esté lleno, se siente esa imperiosa necesidad de ir al W.C.

Enrique Leite

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