Un ligero repaso de la historia revela que los prejuicios —sin base real alguna— han condicionado funestamente el destino de la humanidad. Una absurda ofuscación religiosa mandó a la muerte, la tortura y el ostracismo a las mejores mentes de su tiempo, a manos de una Inquisición que defendía una Tierra plana en el centro del Universo. Los prejuicios sobre las razas llevaron al Holocausto de los nazis o la cruel limpieza étnica en la Europa contemporánea…

La ciencia es la herramienta más poderosa de que disponemos para conseguir el conocimiento. Pero la clave de la ciencia consiste en hacer experimentos rigurosos que permitan rechazar las hipótesis erróneas. Y no siempre puede hacerse esto.

En algunas fronteras de la ciencia, donde la evidencia experimental es limitada, los prejuicios sustituyen a menudo a las rigurosas evidencias experimentales. En especial, cuando pretendemos explicar quiénes somos, solemos dejar paso a los prejuicios y mitos. No en vano la cultura occidental se basó en una religión monoteísta llena de mitos: Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza creando —con sus propias manos— a nuestros primeros padres, que habitaron en el paraíso y lo perdieron. Este mito del paraíso perdido condicionó nuestra interpretación del mundo: somos la especie elegida; la mejor. Y dentro de la nuestra especie, los rubios tipo nórdico, lo mejor de lo mejor.

Descubrimos fósiles de neandertales. Y aunque los hechos indicaban que habían tenido una sofisticada cultura con herramientas complejas producidas por un cerebro mayor que el nuestro y que habían vivido exitosamente en el hostil ambiente de la Europa del Hielo durante más de 200.000 años, los consideramos nuestros primos lejanos, fuertes aunque bobones y torpes, y por ello condenados a la extinción cuando nuestra especie elegida llegó a Europa desde África. En poco tiempo, nuestra especie —más eficiente— los desplazó. Los arqueólogos vertieron ríos de tinta para explicarlo. Incluso concluyeron, a partir de la forma de sus cráneos, que ni siquiera poseían lenguaje. No es de extrañar que se extinguieran.

Pero la ciencia se basa en hechos experimentales. Un hecho experimental es la secuencia del genoma. Y la secuenciación del genoma de los neandertales aclaró muchas cosas: poseían variantes del gen MC1R que están asociadas con ser rubios y pelirrojos. Tenían intolerancia a la lactosa. Pero, lo más importante, tenían el gen FOXP2, responsable del habla. Los neandertales eran blancos y charlatanes.

Es más, hay muchos genes neandertales en nuestro genoma. Lejos de lo que imaginábamos, las evidencias experimentales cada vez nos indican que los neandertales pudieron ser en buena parte los responsables de que nosotros seamos blancos y, por qué no, del habla. Pero la verdad es que si los neandertales hibridaban sin problema con nosotros, sencillamente es que eran como nosotros. Tal vez nosotros.

A fin de cuenta, un pequinés es un perro y un mastín también. La genética no engaña. La morfología sí.

Eduardo Costas y Victoria López-Rodas. Catedráticos de Genética de la Universidad Complutense de Madrid

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