Somos la única especie (conocida) que cocina. Para algunos, el descubrimiento del fuego y sus ventajas a la hora de preparar los alimentos significó un punto crucial en el camino de la evolución. La comida cocinada marcó un punto evolutivo en nuestra especie que nos pudo incluso a llevar a desarrollar la inteligencia de la que hacemos gala en la actualidad. Ya saben, somos lo que comemos o, rizando el rizo, cómo lo comemos.

Consideramos que el incorporar la carne a una dieta basada en raíces, frutos, insectos y hojas, realizada por el Homo erectus, allá por entre 1,9 millones de años atrás, propició cambios en su anatomía, especialmente en su cavidad craneal. Aunque no todos los investigadores piensan lo mismo e introducen un elemento para la discusión: fue el uso del fuego lo que marcó el camino hacia la humanización.

Rastrear cuándo las cocinas se instalaron en las cavernas es algo realmente complicado, porque no resulta nada fácil encontrar cenizas con pruebas de haber sido manipuladas por un ser humano. De hecho, la datación más antigua es de hace 750.000 años en un yacimiento en Israel. 

Pero a lo que vamos, el fuego, según esta nueva línea de investigación, nos permitió tratar los alimentos, en especial la carne, y provocó cambios sustanciales en nuestro organismo.

Al margén del desarrollo del cerebro, el Homo erectus experiementó otros cambios no menores, como la reducción del estómago, una disminución en el tamaño de los dientes, la pelvis y la caja torácica. Algo que no pasó con su coetáneo Homo habilis, que se acabó extinguiendo.

Por ejemplo, somos el primate con el sistema intestinal más pequeño. No precisamos de grandes digestiones (en proporción al tamaño de nuestro cuerpo) porque hemos trasladado al exterior parte del trabajo que otros mamíferos hacen dentro. Sin detenernos en la calidad de los jugos gástricos necesarios para descomponer la comida cruda en sustancias químicas aprovechables, observen la facilidad con que comemos la carne cocinada o las patatas hervidas. Las podemos ingerir sin necesidad de poseer la dentadura de un león o de un jaguar.

Si lo medimos en términos energéticos o evolutivos, estos cambios en el menú, más fácil de masticar y de digerir, proporcionaron un nuevo y mejor reparto de la energía; posibilitaron optimizar los recursos y repartirlos de mejor manera entre los diferentes organismos.

El cerebro (que consume el 30% de la energía que produce el cuerpo) contó con unas reservas extra que facilitaron su evolución, pero también los músculos se vieron favorecidos, en forma de mayor fuerza para recorrer distancias más largas, y se reforzó el sistema inmunológico. Los especímemes resultantes de la nueva dieta carnívora (cocinada o sin cocinar) ocuparon una posición de privilegio.

Curiosamente, nuestras mascotas también están experimentando cambios por la nueva dieta a la que los sometemos. Perros y gatos acostumbran a comer sobras, comida cocinada o piensos teóricamente equilibrados que les alejan de sus dietas naturales. A diferencia de los humanos, este cambio alimentario inducido, de momento les está acarreando problemas, sobre todo en los dientes (se les han hecho más vulnerables) y algún que otro problema intestinal.

Sea por ingerir carne cruda o cocinada, lo cierto es que el camino de los Homos ya estaba trazado, aunque si atendemos a cómo se comportan algunos solteros (y solteras) en sus hábitos culinarios, se podría afirmar que quedan sueltos numerosos eslabones perdidos que, con tal de no acercarse a la cocina, son capaces de comerse cualquier cosa.

Por cierto, que los paleosociólogos aventuran que el descubrimiento de la cocina nos permitió desarrollar la inteligencia poniéndola al servicio de la alimentación (planificar su captura, recolección y conservación), organizarse como grupo atendiendo a las necesidades de distribución de la comida (quién comía más, mejor y antes) e incluso la división del trabajo por sexos. Pero eso es harina de otro costal y queda para otro tipo de debates.

Enrique Leite

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