Ahora que estamos de vacaciones (es un decir) y que por enésima vez hacemos un examen de conciencia con propósito de enmienda sobre adoptar nuevos hábitos de vida (por ejemplo, comer más equilibrado o hacer algo más de ejercicio físico), tampoco vendría mal, sobre todo a aquellos que viven en grandes ciudades, meter en esa lista el tomarnos la vida con un poco más de calma, liberarnos del estrés cotidiano.

El estrés es uno de los grandes males del mal entendido progreso. En síntesis no es otra cosa que una reacción de defensa de nuestro organismo para afrontar una situación que se precibe como amenazante. Es decir, que estamos ante una respuesta natural para la supervivencia como especie.

Y como nadie puede vivir en defensa permanente, surgen los problemas de salud: unos propios a él y otros asociados, como las enfermedades cardiovasculares o cambios hormonales. Sobre los primeros, esta sobrecarga de tensión frecuentemente deriva en pérdidas de memoria, alteraciones de ámino, nerviosismo y los conocidos transtornos o crisis de ansiedad. 

Este mecanismo de defensa depende de la liberación de una hormona, el cortisol. Producida por las glándulas suprarrenales, su misión es incrementar el nivel de azúcar en la sangre. En situaciones normales, el 90% de la energía la utilizamos en actividades metabólicas (renovación, reparación y formación de nuevos tejidos en las células); pero cuando nos alteramos, el cerebro actúa diciéndole al organismo que toda la glusosa se dirija hacia los músculos y deje de trabajar en las otras funciones.

Si la situación es puntual, todo vuelve a su correcto funcionamiento en minutos, pero si se prolonga en el tiempo, el cerebro exige más cortisol y es entonces cuando surgen los problemas. Y ahora que está lo suficientemente estresado, volvamos al verano y a los propósitos de enmienda.

Qué les parece si —terapéuticamente hablando, claro— les recomendamos que practiquen más sexo. Y que empiecen ahora, en este tiempo de asueto. Pues sí, el sexo puede ser una solución al estrés. Pero no el sexo aislado, que como ocurre con el deporte puntual está demostrado que lo que hace es aumentarlo, sino de manera continua.

Un estudio, cómo no hecho con roedores, demuestra que las múltiples experiencias sexuales (es un decir, ¿eh?) reducen los niveles de cortisol que provocan el maldito estrés. Y hay más ventajas, parece que practicar el sexo frecuentemente aumenta la formación de nuevas neuronas y el número de conexiones entre las células nerviosas. Por último, entre los roedores con los que se experimentó se comprobó que desaparecieron los comportamientos relacionados con la ansiedad.

Parece que todo son ventajas, y si es uno de esos especímenes llamados promiscuos, pues aumentará su nivel de relaciones personales (ya saben: es divertido, es sano y además se conoce gente).

Enrique Leite

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