Deje de buscar los tres pies del gato y de sacar al perro del armario. Definitivamente no, no existe la homosexualidad en los animales. Por más que nos guste atribuir características humanas al resto de especies que comparten con nosotros el Planeta —como están empeñados en hacernos creer los personajes de Disney y demás compañías de animación—, la homesexualidad es una opción sexual exclusiva de los seres humanos. Y por si hubiera alguna duda más, obedece a razones conductuales (de cómo vivimos nuestra sexualidad como Homo sapiens) y de entorno (factores culturales) y no existe ninguna causa genética.

Así que si se encuentra artículos de tal jaez, sencillamente no les haga caso, porque según los investigadores Andrew B. Barron y Mark J. F. Brown, son sencillas manipulaciones —bien intencionadas o no— de la prensa relacionando el contacto sexual en animales con actos puramente humanos. 

Ciertamente, todos los seres vivos cuentan con su propia conducta sexual y esto no implica necesariamente que sea heterosexual (¿recuerdan lo publicado sobre la partogénesis y el fin de los machos?) Cada especie, fruto de la evolución, cuenta con sus propias pautas y cumple determinadas funciones, a parte de la reproductiva.

De hecho se ha observado en numerosas investigaciones cientíticas que estas conductas, al menos en los mamíferos más evolucionados, también intervienen factores distintos a la mera reproductiva y que entre individuos del mismo sexo dentro de una especie existen momentos de acercamiento: por ejemplo, en la etapa del juego en los primates o conductas de sometimiento al macho alfa en los cánidos. Pero eso no significa que atraviesen por una etapa homosexual ni por asomo. Son simplemente el resultado de impulsos instintivos o circunstancias ambientales.

La conducta sexual humana resulta más compleja que la animal, básicamente porque es objeto de una decisión personal donde interviene la afectividad, y la mejor prueba de ello es la desaparición de las etapas de celo en las hembras. Y aunque parezca una obviedad, nuestra sexualidad —y las posibilidades de reproducción— son fruto de una decisión personal —y entiéndase esta palabra como antónimo de animal—.

Es una decisión libre, es decir, basada en su propia inteligencia y que no está condicionada por el entorno. Responde a factores de educación o de cultura, es decir, no se apoya sobre un comportamiento instintivo o genético: hasta el momento todas las búsquedas del gen de la homosexualidad han resultado infructuosas.

Esta respuesta biológica de la homosexualidad ha abierto numerosos caminos en los laboratorios buscando las diferencias genéticas o estructurales entre las personas homosexuales y las heterosexuales con resultados negativos. Ni los trabajos de Le Vay —investigando los núcleos intersiciales del cerebro— ni los de Hamer —que analizaban un marcador genético del cromosoma X—, por citar los más relevantes, llegaron a conclusiones definitivas que pudieran establecer esta diferencia, al menos por el momento (la verdad, en ciencia, ya sabemos que es relativa).

Así que, volviendo al inicio, mucho cuidado con las analogías y que cada cual, incluyendo a los traídos animales, viva su sexualidad como quiera.

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