Cuando hace poco menos de una década el mundo se asombró por la noticia de haber descifrado el ADN humano, parecía que entrábamos en una carrera contrarrejoj por explotar todas las posibilidades que ofrecía conocer el mapa de los genes, el genoma. Gracias a él y al trabajo con las células madre, muchas enfermedades iban a tener cura y se conseguiría que los órganos dañados o con defectos de fábrica funcionaran correctamente. Y todo a la voz de ya.

Los investigadores sabíamos que tras la inicial fase de euforia social, las aguas se remansarían. Sobre todo porque el milagro de los panes y los peces en forma de maná abundante para la investigación nunca será una constante y, por otra, porque tampoco hay milagros en investigación y los trabajos precisan de un tiempo para madurar, que es necesario un largo tiempo de ensayos y pruebas de laboratorio para poder encontrar un fármaco o una terapia de aplicación para nosotros.

Las células madre son aquellas que pueden convertirse en muchos tipo de células en el organismo. Representan, por así decirlo, el tronco común —son la madre de las células— o, dicho de otro modo, son aquellas que guardan en su seno el secreto que les permite convertirse en otras más específicas cuando se trasplantan; y que, por lo tanto, pueden reparar el organismo dañado por su mal funcionamiento.

Uno de los colectivos de enfermos que más expectativas colocó en este tipo de investigaciones sobre células madre fue el que forman los que padecen lesiones medulares. El malogrado Christopher Reeve —el actor que reencarnó a Superman en los ochenta— anclado a una silla de ruedas tras un accidente ecuestre fue un prueba de ese entusiasmo. Dedicó los últimos años de su vida a apoyar económicamente a institutos de investigación en el campo de las células madre, albergando el sueño de que algún día podría recuperar el movimiento del que le privó el inoportuno accidente.

Ya no está entre nosotros, y seguro que hubiera disfrutado con el vídeo de Jasper, un dachshunds que ha revertido una parálisis que afectaba a sus patas traseras y le impedían andar. Y todo gracias a un trasplante de células madre procedentes de su hocico. Hacía años que los investigadores conocían la propiedad de estas células (células gliales) para provocar el crecimiento de los axones (la parte de las células nerviosas que transmiten los mensajes) pero hasta ahora los trabajos no habían dado sus frutos. Ahora Jasper no arrastra sus patitas traseras y no para, según su ama, de estarse quieto.

Aun así, los autores de esta técnica auguran que es pronto para trasladar esta experiencia perruna a los humanos. Esperemos que grupos de investigación como este sobrevivan a la la tijera de los recortes y nos obsequien en breve con nuevos descubrimientos.

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