La selección natural es uno de los mecanismos de la naturaleza por el cual los individuos más preparados de una especie sobreviven. Los elementos que determinan dicha supervivencia son una conjunción de factores genéticos y de factores ambientales. La mezcla de ambos resulta imprescindible para comprender este proceso.

El hábitat —el ambiente— donde nos desenvolvemos va cambiando, unas veces de manera abrupta y otra de manera más lenta, y esas nuevas condiciones nos obligan a conseguir nuevas habilidades para desenvolvernos en él. Por otra parte, cada vez que nos reproducimos van surgiendo mutaciones espontáneas. En la mayoría de los casos, estas mutaciones resultan residuales, es decir, no resultan incompatibles con el ambiente y sobreviven aunque den como resultado individuos menos capaces. Las menos resultan incompatibles con él y esos mutantes mueren súbitamente.

En poblaciones cuyas generaciones se suceden en cuestión de meses, como las microalgas, resulta fácil comprobar este proceso evolutivo. No resulta excesivamente complicado localizar a los mutantes que sobreviven, ni tampoco a los que desaparecen. Lo curioso empieza cuando cambiamos las condiciones del mundo acuoso donde viven, tan solo basta con cambiar la composición de ese agua. Es cuando los mutantes inadaptados son capaces de vivir. Las microalgas que viven en ambientes extremos son la prueba de esta teoría evolutiva.

Traslademos el asunto a los humanos… y tomemos por ejemplo la vitamina C, una sustancia que no producimos pero sin la cual moriríamos. En su día, nuestros ancestros producían esta molécula, pero surgió una mutación que dejó de hacerlo; pero como en el ambiente existen numerosos productos que la producen, les bastaba con comerla para sobrevivir. Pero si desaparecieran de pronto todos esos productos, estaríamos condenados a morir… todos, salvo los mutantes que la fabricaran por sí mismos.

Demos una vuelta de tuerca más a la explicación. La inteligencia humana requiere poner en marcha un buen número de genes, entre 2.500 y 5.000. Lograr su óptimo funcionamiento costó miles de años, pero se consiguió alcanzar ese punto de máximo rendimiento.

Pero según los últimos estudios científicos, estos genes son extremadamente susceptibles a la mutación y con ellas, los seres humanos mutantes estarían perdiendo sus capacidades intelectuales y emocionales. Un proceso lento, pero que si no se corrige podría dar como resultado, con el paso de los años (unos 3.000 o, si lo prefieren, tras el paso de 120 generaciones), que todos los habitantes del planeta —de ese hipotético futuro— habrían sufrido una o dos mutaciones en sus genes que afectarían negativamente a su inteligencia.

¿Serán 3.000 años el tiempo que queda de supervivencia para la raza humana tal y como lo conocemos o seremos capaces de corregir este proceso de mutación?

Apasionante.

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