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Trabajando entre marmitones en una mazmorra en largas noches en vela se perfila la imagen de los alquimistas de la Edad Media. Esos ciudadanos a caballo entre los científicos y los brujos, entre la razón y el esoterismo, que dedicaban su vida entera a la búsqueda de la piedra filosofal. Una piedra que, al entrar en contacto con otros metales, alteraba su composición y los convertía en oro.

Nada tiene que ver su imagen con la del rey Midas, sin duda, pero sus consecuencias podrían formar parte de la misma leyenda. Siglos después de haber erradicado esa superchería del imaginario científico, estudiando la vida en los ambientes extremos, los investigadores descubren comportamientos de determinados microorganismos que asemejan el paradigma de los alquimistas: son capaces de sacarse oro de la manga.

Bueno, no tan de la manga. Es conocido que determinados metales, incluidos el oro y la plata, son hidrosolubles, es decir, que se fragmentan y se diluyen en medios acuosos. Hablamos, lógicamente, de ambientes extremos, contaminados, donde no es capaz de proliferar una vida, digamos, normal. Aun así, proliferan determinados organismos unicelulares llamados extremófilos, que fruto de mutaciones espontáneas son capaces de vivir en esos ambientes tan hostiles.

Estos microbichitos se alimentan de lo que para otros resulta letal, y lógicamente lo acumulan en su interior. En biotecnología, este proceso se llama biorremediación y juega un papel que puede ser determinante en el futuro, ya que al alimentarse de este tipo de contaminantes lo que están haciendo sin querer es limpiar áreas que han sido contaminadas por actividades como, por ejemplo, la industria minera.

Un alemán presentó hace años un descubrimiento curioso: una bacteria, la Cupriavidus metallidurans, que recoge el oro que está disuelto en el agua y lo acumula en el interior de sus células. Ahora otro equipo, siguiendo esa línea de investigación, ha descubierto que otra bacteria, la Delftia acidovorans, en lugar de metabolizarlo lo solidifica en el exterior y bajo una forma no tóxica (es decir, que también limpia ese metal de aguas contaminadas). Según los investigadores, utiliza una molécula para crear estructuras sólidas muy parecidas a las que se existen en las pepitas de oro.

El proceso, según describen, se desarrolla en pocos segundos, a temperatura ambiente y en unas condiciones de acidez neutra.

Estamos ante un organismo que no solo es más eficaz que los procedimientos industriales para producir nanoparticulas de oro. La utilidad es doble: podría servir para la obtención de oro de las aguas residuales y también para devolverles su calidad medioambiental.

Desde luego, este método de trabajar mejora cualquier espectativa que pudieran tener el rey Midas y esos esforzados alquimisitas.

Lara de Miguel Fernández. Limnóloga

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