frigo y comida 

No sé a ustedes, pero cuando estoy en casa solo sin nada que hacer me pongo morado a comer. Parece que la inactividad me desata el hambre, una voracidad que me hace ir continuamente camino a la nevera y acabar con cuanta vianda encuentro a mi paso. Bueno, con todas no, que mi paladar se decanta por aquellas que resultan menos saludables. Y claro, con tanto trajín acabo en la cama tumbado cual boa digiriendo tan suculento menú calórico.Y lo peor de todo es que se alimenta a lo largo del día la mala conciencia por realizar tanto exceso.

No tiene sentido que esos momentos de inactividad alteren al alza las necesidades de ingesta calórica. Comemos para reponer energías y si nos movemos menos, gastaremos menos y, en consecuencia, nuestro organismo, en lugar de reclamarnos más comida, debiera pedirnos menos. Así que esta motivación no puede estar basada en ningún tipo de necesidad fisica o fisiológica. Aunque esta afirmación es categórica, también es cierto que cuando comemos, además de llenar el tanque de combustible, lo procuramos hacer ingiriendo cierto tipo de alimentos que nos producen placer al paladar. Es decir que establecemos una serie de conexiones cerebrales entre el acto de comer y la sensación de placer. Estos enlaces neuronales estás determinados por la segregación de diferentes hormonas: serotonina —alivia nuestro estado de ánimo—, dopamina —produce placer y aumenta su nivel en sangre cuando comemos—, endorfinas —solo con el chocolate o el dulce— y leptina —la encargada de indicarnos que estamos saciados y también la que determina nuestra preferencia por un tipo u otro de alimentos—.

Y vamos ahora a la otra parte del argumento, la del aburrimiento. Lo podríamos definir como un tiempo libre al que no le damos una ocupación concreta, es un síntoma de la pérdida de sentido que nos provoca algo o alguien. Y ese estado de inactividad no calculada, o de vacío, utilizando palabras más comunes, lo que nos provoca es estrés y ansiedad.

Esa ansiedad aparece como una amenaza y con ella se ponen en funcionamiento todos los mecanismos corporales que nos alertan ante un peligro. Y frente a esa amenaza recurrimos a la comida, porque es una actividad que nos provoca una cierta felicidad, un placer inmediato, que conseguimos con muy poco esfuerzo siempre y cuando tengamos la nevera llena de aquellos sabores que más exciten nuestro paladar.

Así que, a falta de otras ocupaciones, comer calma esa sensación de agobio y de inquietud que nos provoca el estrés de no hacer nada. Seguramente a muchos estos argumentos les podrán parecer un poco alambicados, pero les aseguro que mientras pensaba en ellos y me ponía a ordenarlos en el papel no me ha pasado por la mente en ningún momento la idea de acercarme a la cocina en expedición de limpieza de la nevera.

Enrique Leite

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