La mayoría de las personas tiene bastante claro que, de la misma manera que los animales tenemos que tomar alimentos para poder obtener la energía que nos permite funcionar, las plantas usan otra estrategia igualmente válida, pero radicalmente distinta. Me refiero a que las plantas realizan la fotosíntesis, un proceso directamente dependiente de la luz solar.

La fotosíntesis permite transformar moléculas inorgánicas presentes en el suelo donde las plantas están arraigadas en moléculas orgánicas sencillas. Estas pequeñas sustancias serán transformadas en otras más complejas y necesarias para que la planta crezca y se desarrolle con normalidad.

Pese a que parece bastante segregada la manera con la que animales y plantas obtienen energía, resulta siempre curioso comprobar que en el mundo vegetal existe un grupo a las que también les gusta comer.  Me estoy refiriendo a las plantas carnívoras. 

Las plantas carnívoras complementan su dieta con la ingestión de algunos insectos. Realmente no es que se coman los insectos, más bien los exprimen para sacar de ellos un jugo nutritivo que les permite suplementar su dieta fotosintética.

Pero, ¿cómo sabe una planta carnívora que tiene a tiro un insecto que se puede zampar? Sin ojos, sin tacto, sin olfato… ¿cómo lo hace?

Tomemos el ejemplo de la Dionaea muscipula, muy conocida por ser la planta comemoscas. Esta planta tiene en los extremos de sus hojas unos lóbulos que recuerdan a un libro abierto. En su parte interior, cada uno de los lóbulos tiene unos pelos sensitivos, en concreto tres pelos. Estos pelos son los sensores que le dicen a la planta que se ha posado un insecto y que se puede cerrar para capturarlo.

Lo realmente apasionante es que no se cierra de buenas a primeras si algo entra en contacto con la planta. En primer lugar se deben establecer al menos dos contactos entre el insecto y los pelos de la planta para indicarle a esta que lo que hay ahí esta vivo y se mueve. Pero además, los contactos deben suceder en un intervalo de tiempo menor a 20 segundos, de lo contrario las hojas no se cierran.

El mecanismo de cierre es rápido, apenas medio segundo, si no se escaparía la mosca, y es dependiente también del néctar que produce la hoja y que mantiene entretenida a la mosca. El cierre de las hojas es complejo y depende de unas células llamadas células mesófilas, que tras el contacto de la mosca con los pelos realizan el desplazamiento del agua por el interior de las hojas como consecuencia del proceso llamado ósmosis. Parece ser que cuando la hoja esta totalmente abierta, está tensa y deseando cerrarse, pero solo cuando se tocan los pelillos el flujo osmótico de agua por su interior permite a la hoja volver a su posición menos tensa, es decir cerrada, atrapando en su interior a la mosca.

Pese a que tengamos la idea equivocada de que las plantas son organismos bastante pasivos, cada día está más claro que poseen mecanismos sorprendentes que nos deben hacer pensar que, en muchos aspectos, son más inteligentes, prácticas y eficaces que nosotros…

Jesús Pintor, catedrático de Bioquímica

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