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La mitología postindustrial ha relegado a los japoneses como los grandes imitadores del planeta. Un pueblo al que le negamos la capacidad inventiva, pero por el contrario les aplicamos una gran capacidad para perfeccionar y adaptar lo que otros inventan. Como cliché no está mal, aunque dista mucho de la realidad.

Pero no se trata ahora de hacer una disquisición sobre la capacidad de los japos para crear. Más bien al contrario, se trata de llamar la atención sobre que muchas de las soluciones tecnológicas que pretendemos descubrir llevan millones de años funcionando de manera natural y sencilla en la naturaleza. En un mundo que estamos llenando de basura (los humanos, porque el resto de los animales está lleno de grandes recicladores) la solución pasa por la biotecnología: respuestas sencillas y naturales que determinados organismos vivos —sean vegetales o animales— aplican como mecanismos de adaptación a sus respectivos hábitats. Sin ir más lejos, la cinta velcro forma parte de esas respuestas que ofrecen determinado tipo de plantas.

Sin duda, uno de los elementos que más han fascinado a los científicos es la capacidad que han desarrollado algunos moluscos bivalvos para mantener herméticamente cerradas sus conchas y abrirlas a voluntad o que les permite adherirse a las piedras o rocas donde se desenvuelven. Este adhesivo natural representa una de las líneas de investigación más estudiadas.

El estudio de las proteínas que forman este pegamento ha permitido realizar una versión sintética en el laboratorio que podría tener aplicaciones prácticas a corto plazo en las operaciones quirúrgicas. Al tratarse de un material orgánico, cuenta con innumerables ventajas sobre los remedios tradicionales: es más rápido que las técnicas de sutura habituales, el efecto es inmediato y se mimetiza con los otros materiales y, por lo tanto, evita cualquier tipo de rechazo y las consecuentes infecciones que se pueden derivar en el proceso de cicatrización.

Asimismo, su uso se puede extender para pegar otro tipo de roturas para las cuales la técnica no ha encontrado todavía soluciones satisfactorias, como por ejemplo la reparación de membranas fetales. Los resultados todavía se encuentran en fase de experimentación —se están realizando en este momento los ensayos clínicos— y de ahí que se mantenga todavía el secreto sobre el asunto (no solo por aquello de proteger futuras patentes, sino también por probar que ese material recreado en el laboratorio es eficaz al ciento por ciento).

El responsable de este trabajo es Phillip Messersmith, profesor de Ingeniería Biomédica de la Northwest University que lidera el equipo europeo que se afana en reproducir las cualidades del mejillón en esta sustancia sintética. De momento, lo único que ha trascendido es que esa sustancia funciona a pequeña escala y que se ha desarrollado una versión de este pegamento que es resistente al agua. Serviría, entre otras aplicaciones médicas, para cerrar heridas internas.

Confiemos en que, en breve, los quirófanos sustituyan las agujas y el material de sutura por estos botes de pegamento.

Lara de Miguel Fernández. Limnóloga

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