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Nulius in verba” —(no creas) en la palabra de nadie— es el lema de la Royal Society, una de las sociedades científicas más antiguas y reputadas del mundo. Es una instiución que, entre otros cometidos, combate los argumentos de autoridad sin demostración que tanto gustan utilizar a nuestros políticos. Y es que la estulticia —y, desgraciadamente, la maldad— de muchos de nuestro políticos es colosal.

Un ejemplo es la reciente campaña de la Dirección General de Tráfico española para promocionar el uso del cinturón de seguridad en los vehículos. En la radio emplean un argumento supuestamente contundente: uno de cada cinco muertos en accidentes de tráfico iba sin el cinturón. Si le damos la vuelta al argumento, la tentación elemental es, obviamente, suponer que utilizar el cinturón es muy peligroso: de cada cinco muertos en accidente cuatro llevaban puesto el cinturón de seguridad.

Pero un sencillo cálculo de probabilidades demuestra que el asunto es —como casi siempre— mucho más complejo. Tenemos que conocer qué porcentaje de conductores utiliza el cinturón. Y resulta evidente, por ejemplo, que si tan solo el 1% de los conductores no usa el cinturón, teniendo en cuenta que muere el 20% de los que no lo utilizan, estos conductores temerarios tienen 20 veces más probabilidades de morir en accidente que los que si se lo abrochan. 

Pero sigamos con los tontos. Horrorizado me quedé cuando en entrevista radiofónica una importante dirigente de Tráfico comentaba alegremente que, según sus cálculos, al menos una de cada tres personas no utiliza el cinturón. Es decir, que de entrada nos dice que o no se ha enterado de la campaña en vigor o esta es falaz. En cualquier caso, si nuestra nefanda dirigente tuviese razón, aparentemente resultaría muy peligroso utilizar el cinturón de seguridad: con sus datos, el uso del cinturón aumenta significativamente la probabilidad de morir en accidente de tráfico (tal vez esta sea la causa de que buena parte de mis amigos matemáticos no lo utilicen por convencimiento).

La curiosidad me llevó a preguntar a algún avezado traumatólogo: parece ser que el problema radica en que cuando chocamos a mucha velocidad, aunque el cinturón y los airbag impidan que nos golpeemos violentamente, morimos cuando nuestros órganos internos chocan por dentro contra la caja torácica. Aquí también resulta evidente que la tragedia con que nos amenaza la propaganda —salir volando despedidos fuera del coche— es rigurosamente falsa: si choco a la suficiente velocidad, mi única esperanza es salir volando y tener la suerte de decelerar más despacio que retenido por el cinturón.

Yo uso el cinturón y —hasta las funestas campañas de los ineptos de la Dirección General de Tráfico— creía firmemente en su utilidad. De hecho, los ingenieros que más han trabajado en el asunto lo tienen claro: ponérselo tiene beneficios, pero solo en choques a menor velocidad de la que nos mataría por el choque de los órganos internos. En estos accidentes a baja velocidad, el cinturón sí que impide muchos traumatismos severos contra el parabrisas o el salpicadero.

Es casi seguro que conviene utilizar el cinturón asiduamente. Tiene grandes beneficios en los choques a baja velocidad. Pero también es seguro que salir volando es la única esperanza (por pequeña que sea) de sobrevivir a un golpe suficientemente rápido. Lo que no resulta de recibo es que no nos dejen elegir. Y menos utilizando los argumentos que actualmente utiliza Tráfico. Si solo existiesen los argumentos que nos muestran los ígnaros políticos, lo mejor que podría hacer una persona inteligente es no usar el cinturón.

Eduardo Costas, catedrático de Genética

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