auriculares

Uno de los espectáculos molestos que nos ofrece la civilización tecnológica es contemplar a esa caterva de adolescentes, y no tan adolescentes, solitarios que nos obsequian con su imagen contorneándose al compás de una melodía parapetados en unos auriculares —cascos, para entendernos— de donde percibimos algo parecido a una música. Bueno, se puede empeorar con unos gorgoritos desafinados saliendo de sus labios.

Presuponemos que, para escuchar esos sonidos, el volumen debe de estar tan alto que están acabando con su capacidad auditiva y que en nada y menos se quedarán sordos. Al menos, así se alimentó una leyenda urbana que ha ido creciendo desde que ese tipo de audífonos se popularizó en la década de los ochenta. De hecho, se publicó algún que otro estudio donde se afirmaba que una de cada 20 personas se estaba quedando sorda por el abuso de estos dispositivos.

Pero lo cierto es que hasta poco (algo más de seis meses), no se ha realizado un estudio neurológico sobre los daños colaterales de su abuso. De hecho, la mayoría de estos estudios sobre los daños de la contaminación acústica solo hablan de los daños auditivos permanentes que pueden provocar la exposición a sonidos muy altos, pero no específicamente al uso de los cascos. Es decir, que estar expuesto al ruido que provoca una maquinaria o vivir cerca de una carretera o una discoteca mal insonorizada puede resultar tanto o más perjudiciales que meternos en esa burbuja de aislamiento que supone escuchar música con auriculares.

El estudio al que nos referimos fue liderado por el doctor Martine Harmann y concluyó que superar los 110 decibelios es el umbral para determinar problemas como la sordera temporal (algo que sin duda es posible a través de estos aparatos, pero también al trabajar en un aeropuerto o vivir cerca de él). El daño se produce porque se destruye la capa que protege las células nerviosas, denominada la capa de mielina, que es la responsable de que las señales eléctricas que se envían desde el oído al cerebro lleguen en perfectas condiciones.

Ahora bien, una vez demostrado el daño que causan, el equipo que realizó la investigación también matiza sus resultados, ya que descubrieron que al cabo de tres meses el organismo es capaz de regenerar este daño y que los nervios auditivos vuelven a estar recubiertos con esta capa. O sea, que solo en contados casos los daños son irreparables y que, en la mayoría de los supuestos, son reversibles.

Y explicado lo expuesto, ahora es cuestión de cada uno si prefiere seguir huyendo de la realidad cotidiana taponándose con estos gadgets tecnológicos o si prefiere enfrentarse a ella a cara descubierta. Eso sí, si es de los que se pone los auriculares, por favor, en voz baja.

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