cerradura 

Uno de nuestros objetivos es prolongar nuestra existencia en este planeta cuanto más tiempo mejor. Pero vivir más también puede resultar caro en términos de adaptación. De entrada, hay que subrayar que todos tenemos una fecha de caducidad y que en función de la misma nuestro organismo ajusta el funcionamiento de todas sus células. De ahí que, si estiramos la goma y prolongamos nuestra existencia, parece lógico pensar que alguien (alguna parte de nuestro cuerpo) ha de tener que pagar la fiesta. Es decir, que tendremos que acostumbrarnos a vivir con nuevas enfermedades —achaques producto del funcionamiento de células gastadas— y a combatirlas.

Quizá uno de los ejemplos más palmarios lo encontramos en nuestra osamenta. Diseñada para aguantar nuestra constitución, los huesos no tenían previsto estar tanto tiempo en activo y con su deterioro surgen los problemas de descalcificación, artrosis, artritis…. También el desarrollo de determinado tipos de cáncer es una buena muestra de ello. Sobre todo de aquellos cuya aparición, estadísticamente hablando, surgen a partir de determinada franja de edad adulta. Cuando la esperanza de vida no superaba los 50 años, lógicamente, no se desarrollaban, moríamos por otro tipo de causas.

Ahora el Alzehimer se ha aúpado en la lista de males que afectan a la Tercera Edad. Y según las últimas investigaciones, podría ser el precio que hay que pagar por haber desarrollado nuestra inteligencia por encima de la media animal. En este estudio se señala que el proceso degenerativo neuronal de esta enfermedad está directamente relacionado con el deterioro de las áreas parietales del cerebro. En esta zona es donde se diferencia nítidamente nuestra inteligencia de la del resto de los animales.

Los registros fósiles han demostrado que los Homo Sapiens se han caracterizado por una marcada reorganización de esas áreas que no se encuentran ni en los simios antropromorfos ni en otros homínidos —como los neanthertales—. Del mismo modo, a nivel de tejidos, tenemos elementos que tampoco se encuentran en los otros primates.

Como el Alzheimer comienza a manifestarse por un déficit metábolico —o sea, en gestión energética— en esta parte cerebral, los investigadores deducen que el desarrollo de las capacidades cognitivas del Homo Sapiens se haya traducido en la aparición de defectos metabólicos (balance energético, toxinas, gestión del calor, etc) que directamente nos hacen padecer esta enfermedad (no se conocen otras especies que la padezcan).

Ahora bien, este problema, como los descritos en párrafos anteriores, no nos afectan en términos evolutivos como especie pero sí, tal vez, en aspectos sociológicos. La continuidad está garantizada pero formando cada día comunidades donde los individuos ancianos ocuparán la base poblacional. Todo este tipo de nuevas enfermedades —que sin duda acabaremos por erradicar— surgen a edades tardías, es decir, cuando el ciclo reproductivo natural se ha terminado o hemos conseguido alargarlo de manera artificial (técnicas in vitro). Lo de la sociología lo dejamos para otros especialistas.

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