juan historia

En un lugar del mundo, cuyo nombre no hace falta decir, había un pueblo sufriente en su desierto interior. Era 1950, y en aquella teocracia, la mitad de sus profesores universitarios habían sido forzados a la emigración. Del resto, la mitad, a su vez, llevaban hábitos y estaban consagrados a la divinidad. La producción total de trigo era menor que 30 años atrás; no había combustibles y las carboneras crecían tras los matorrales.

En ese yermo, la gente sufría raquitismo, lepra o tuberculosis. Había manicomios en los que se encerraba a los locos, entre los cuales sobresalía gente inadaptada y de izquierdas, mezclados con casos de sífilis congénita y ciudadanos envenenados con yerbas del campo, tan incomestibles como abundantes, tras dos décadas de hambruna.

Así, la sanidad era sobre todo un modo de apartar a los miserables en lugares llamados sanatorios. Las terapias útiles eran pocas, y el médico que sabía o decía saber aplicarlas, tenía una buena consulta privada en las capitales.

Los resortes del poder, del bienestar y de la prosperidad estaban en manos de una camarilla de militares, religiosos y sus descendientes (descendientes de ambos, digo).

Las cátedras y la judicatura eran hereditarias. El comercio estaba blindado con privilegios y aranceles que impedían la competencia real, a la que se tenía más miedo que al diablo. Todo lo que se movía en ese país era por concesiones a dedo, monopolios que mantenían a aquellos ciudadanos de talla baja en sucesivos cautiverios.

Con todo y con eso, alguno de los maestros pudo retornar, creó escuela, y sus discípulos salieron a ver mundo. Retornaron con la mente despierta y las manos entrenadas para curar de verdad. Alguien inventó un sistema meritrocrático e igual para todos, un sistema de acceso que elegía sistemáticamente a los mejores. No los premiaba con buenos salarios, sino con más trabajo, pero su principal motivación no era económica, sino profesional.

Hacia 1960 comenzó a venir gente curiosa por conocer un lugar incontaminado por la industria inexistente, rodeado de un halo mítico y feroz. Se dejaron cuatro perras que pusieron las bases de una nueva camarilla dirigente. Había que hacer carreteras. Ferrocarriles. Urbanizar. Comenzó a haber mano de obra procedente del campo que precisaba de todo. Parían. Se accidentaban. Morían. Eran necesarios hospitales. La propaganda vio conveniente crearlos, eran imprescindibles y resultaban de mucho impacto visual: cada inauguración, una foto. Pero ¿cómo relacionarlos con la salud de la población, en ausencia de programas preventivos y de atención primaria? Todo un misterio.

Muchos años después, José Ramón, un gerente de una de esas ciudades sanitarias, diría:

“Muchos de los ciudadanos de este barrio han tenido su primer y único contacto con el estado del bienestar a través de este hospital”. La sociedad se dotó de normas, a la muerte del tirano, que intentaban garantizar una igualdad en derechos entre los ciudadanos. Alguien pensó que había profundas desigualdades en salud y tuvo una idea genial: definir por ley un área, un lugar imaginario como la República de Platón, o la ciudad de Tomás Moro; habría de tenerse en ella todo lo necesario para restaurar y promover la salud de las personas, de forma accesible, universal y gratuita, en la que los servicios se prestaban esencialmente por servidores públicos, con un riguroso sistema de selección por méritos.

La sociedad, democrática ya, más justa, transversalizada por los impuestos y por las leyes, evolucionó hacia un sistema nacional de salud, universal y gratuito, real, en el que todos los ciudadanos, independientemente de su situación laboral o de su origen, tenían acceso completo a los servicios de salud.

Pero llegó una nueva época. Algunos nostálgicos de los privilegios volvieron al poder. Sintieron que era su momento de volver a vencer. Tenerlo todo otra vez. Echar a los descastados que habían rozado el poder por error.

Un médico muy viejo, más viejo que Gagaula, la inefable personaje de Las Minas del Rey Salomón, sintió nostalgia del pasado de las igualas y sanatorios, del tiempo de las enfermeras con cofia, y comenzó a hablar. Y sus palabras sonaban como campanillas a los oídos de los codiciosos, que por cada venta falsa llenarían más bolsas para mover por Cartagena de Indias. Sonaron bien también a los hijos de la camarilla extinta que veían una oportunidad para la resurrección. Sonaron bien, en fin, a los liberales que cada día acaparan más poder, a los que presumen de no estar ni por dinero ni por profesión, pero llevan cuarenta años colgando del cable de lo público. Fueron palabras perfectas para los adictos a la puerta giratoria, que ya se veían gobernando el futuro privatizado.

Solo tuvieron un fallo en el cálculo. El anciano creyó que los médicos, los profesionales liberales por antonomasia, se pondrían de su parte. Querrían ser aliados de esa deconstrucción del sistema público. Pero hasta los médicos habían cambiado. Habían tomado muchas veces cerveza con albañiles en los mismos bares. Habían tenido hijos con aquellas enfermeras y se habían juramentado en que nunca más llevarían cofia. Ese país había cambiado, aunque a muchos les resultase insoportable ese cambio.

Juan Martínez Hernández

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