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Que lo pequeño sobrevive mejor es una afirmación que ofrece poca resistencia. Ahí tienen como muestra los organismos unicelulares que pisan la faz de la Tierra desde hace miles de millones de años, frente a los mastondónticos dinosaurios que se desaparecieron en un instante. Aun así, los humanos nos sentimos orgullosos al contemplar cómo generación a generación nuestros vástagos nos dan capones con la barbilla y, por lo general, seguimos discriminando a los bajitos.

Lo grande nos fascina y descubrir que una nueva especie que pobló el planeta era grande aumenta los caracteres tipográficos del descubrimiento. Pero en esta ocasión, el revuelo se ha montado no tanto por su tamaño como por su ubicación: los camellos gigantes habitaron el Ártico, en Canadá. Y no crean que fue a base de dejarse crecer un abriguito de pieles a modo de los mamuts —los antecesores de nuestros elefantes—. Más bien fue que, por aquel entonces, lo que hoy conocemos helado gozaba de un clima algo más templado, entre los 14 y los 22 grados centígrados. Al fin y al cabo, hace unos 3,5 millones de años, allá por el Plioceno medio, también hubo otra era de calentamiento global. 

De todos modos, lo interesante del descubrimiento es precisamente que el ancestro de los camellos se especializó en vivir en un bosque ártico de tipo boreal. Esta circunstancia, más allá de datar su residencia en tierras árticas, ofrece numerosas pistas para los investigadores de lo que puede ocurrir con las especies ahora que volvemos a adentrarnos en otro tiempo de más calor, aunque en este caso sea provocado por los humanos. Sea como fuere, está bien conocer las consecuencias y hacer una previsión a cien años vista.

Y para los amantes de la paleontología o simplemente a los aficionados a seguir pistas, cabe señalar que el trabajo de los investigadores consistió en analizar los restos de los huesos encontrados en Canadá. Parece que eran restos de una gran tibia que corresponde al grupo de animales de pezuña hendida, del que forman parte los camellos (también las vacas). Luego aplicaron la técnica de la huella de colágeno, que consiste en comparar una pequeña muestra de este material recogido de los fósiles con las otras 37 especies de mamíferos modernos que presentan similares características. Las coincidencias identificaron los fósiles con los actuales camellos.

Contado así, parece fácil, pero la recogida, identificación y estudio de los fósiles se prolongó a lo largo de seis años.

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