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En el paradigma económico actual, el gigante chino se eleva como la tierra de las grandes oportunidades. Un inmenso mercado de consumidores, un territorio con falta de infraestructuras e industrias. Su tasa de crecimiento económico lo ha convertido en el nuevo Eldorado de la economía capitalista. ¿Pero a qué precio?

Parece que los humanos no aprendemos de los errores del pasado o, mejor dicho, contumaces, seguimos apostando por el teórico beneficio a corto plazo de llenar la saca de euros, dólares o yuanes a costa de lo que sea, incluso de la salud de los supuestos beneficiarios. Y a las pruebas nos remitimos.

A mediados de febrero, el Ministerio de Recursos Hidráulicos hizo público un informe público demoledor: sólo el 3% de las aguas subterráneas analizadas en China no están contaminadas. El resto han sido calificadas por este departamento gubernamental como “muy contaminadas” (64%) o “levemente contaminadas” (33%). 

Teniendo en cuenta que una tercera parte de los recursos hídricos de China proceden del subsuelo, la situación parece bastante alarmante. Sobre todo, porque en algunas regiones del noroeste del país —y no está de más recordar que en China viven más de mil millones de almas— siete de cada diez personas beben agua procedente de estos acuíferos subterráneos o comen alimentos que se han producido con su abastecimiento.

Sigamos con el informe, que se ha hecho público a través de los medios de comunicación. En el documento se subraya que ese 97% de las aguas en mal estado se debe a la contaminación provocada por el vertido incontrolado de metales pesados. Es decir, una secuela de la actividad industrial o agrícola que alegremente se deshace de los residuos lanzándolos al agua.

Por cierto, unos residuos que no son eliminados con los tratamientos de potabilización al uso y que requieren la adopción de técnicas específicas de descontaminación.

La paradoja, también recogida en el documento, es que las autoridades nacionales señalan con el dedo acusador a los ayuntamientos. Aseguran que esta “permisividad” a la actividad industrial se debe a que, por una parte, esas industrias son la principal fuente de ingresos para las corporaciones locales y, por otra, a que dado el volumen de puestos de trabajo que generan, los concejales hacen la vista gorda —en China, obviamente, no hay corrupción, ni sobres, ni sobornos—.

Tanto es así que, oficialmente, se reconoce que cada año se producen 1.700 accidentes en fábricas o instalaciones industriales que se traducen en vertidos de productos —contaminación— a ríos y lagos en el pais.

Parafraseando a Confucio, gato blanco o gato negro da igual, lo importante es que cace ratones. Y los ratones, sean países de economía centralizada o liberalizada, no están cobijados en los Ministerios de Medio Ambiente; prefieren el calor o la sombra de las carteras de Industria o Economía.

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