pene

Aunque la Ciencia determinó que pocos centímetros son suficientes para cumplir con nuestro papel reproductor de macho (la virginidad, el principal obstáculo, está situada en la entrada de la vagina y los espermatozoides cuentan con la suficiente movilidad para realizar sin problemas su camino buscando el óvulo), si algo obsesiona al elemento masculino de los seres humanos es el tamaño de su miembro viril. Y, aunque “en rigor no es mejor por ser mayor o menor…” resultaría fatigoso relatar la cantidad de páginas que contienen anuncios sobre milagrosos alargamientos utilizando determinados adminículos o pontigues.

Y que quede muy claro, el tejido cavernoso que forma esta parte de la anatomía masculina solo crece cuando la estimulación lo inunda de sangre, y que su tamaño está determinado genéticamente. Vamos, que solo aumenta de tamaño de manera natural y que no se puede estirar cual goma de mascar a voluntad de los susodichos. Crece de este modo —pasa de la posición de descanso a la de calado de bayoneta— y son apenas dos o tres centímetros los que se puede hacer crecer en un quirófano mediante una técnica que consiste literalmente en sacar a la luz esta porción que queda oculta tras los tejidos del pubis.

Aun así, para gloria y demérito de razas y poblaciones, periódicamente se realizan estudios estadísticos clasificando a los pueblos por el tamaño de su pene. Unas medias que oscilan de los 18 cm de los superdotados habitantes de determinadas partes de África y Sudámerica (allá donde recalaron en forma de esclavos sus ascendientes) a los exigüos 9 de algunos asiáticos e indios. Para los obsesos de la cinta métrica, la pirola patria siempre queda en la medianía de la tabla, entre los 13 y 15 centímetros de media, en el pelotón de los países europeos.

Y ya que hablamos de curiosidades, allá va una histórica de tamaño y poder. En su mano, es un decir, el monje Grigori Rasputín manejó el presente y el futuro de la Rusia zarista durante varios años. Al todopoderoso monje se le atribuyeron supuestos poderes sobrenaturales con los que se hizo con la voluntad del zar ruso. Aunque la leyenda negra habla de sus otros poderes sobrenaturales: una vara de mando que rondaba los 40 centímetros y con la que, literalmente, volvía loca a la alta aristocracia de San Petesburgo (de la zarina a las más influyentes esposas de ministros y generales).

Sea por su carácter conspirativo o por la envidia de cornudos y otros nobles de mal perder, lo cierto es que acabó asesinado en diciembre de 1916 por un grupo de aristócratas rusos, que —paradojas de la historia— le cortaron el miembro como trofeo.

Con la Revolución despareció el rastro del expolio hasta 1967, cuando una coqueta anciana parisina desempolvó el contenido de una caja de madera que custodiaba desde hacía años y que contenía las reliquias del infausto monje. Sometidas a tantas pruebas como la ciencia era capaz de soportar en ese tiempo, reputados investigadores confirmaron que el exvoto había pertenecido al malvado Rasputín. Subastado por la cantidad de 8.000 dólares —una fortuna para la época—, los 28.5 centímetros supervivientes se pueden contemplar en el museo erótico de San Petesburgo. Se supone que la turbamulta de la corte de Nicolás II dejó parte en el cadáver y que otra porción se perdió en un supuesto ataque de un perro (animalito, ya podría haberse entretenido mordiendo un hueso, como hace el resto de los cánidos).

Y como lo que no da la naturaleza no lo pone Salamanca ni ningún quirófano ni ungüento, allá va un consejito a modo de moraleja: más valdría a los varones ocuparse y preocuparse en hacer crecer “nuestro segundo órgano favorito”, la cabeza.

Enrique Leite

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