stop

No crean que la hemos tomado con la Dirección General de Tráfico, ni que pertenecemos a ese grupo de “los locos de Canonball”, ni tan siquiera que acumulamos en los archivos de Más que Ciencia una colección de multas impagadas por infringir las normas de circulación de manera continuada o que aspiramos a un nombramiento en ese departamento. Sencillamente, entendemos que la gobernanza de cualquier país debe de regirse por el rigor y si esos asuntos entienden de temas tan delicados como este, ha de extremarse al máximo y que, ante la duda, siempre será mejor que campe a sus anchas un delincuente a que vaya a la cárcel un inocente.

Desde estas páginas hemos puesto en solfa los criterios de la instauración del carnet por puntos y más recientemente las verdades a medias sobre los supuestos beneficios de llevar abrochado el cinturón de seguridad (tal y como está diseñado y salen los autos de la fábrica en España y Europa), pero las campañas que la citada Dirección General lleva a cabo nos obligan a ello.

La penúltima (estos chicos demuestran que son contumaces en el error) hace referencia al uso de unos tests para detectar a conductores que se ponen al volante bajo los efectos de la droga. Vaya por delante que cuando se maneja cualquier máquina, hay que hacerlo en las mejores condiciones físicas y psíquicas; y que la ingesta de alcohol o cualquier producto psicotrópico altera la percepción y nos convierte en homicidas en potencia.

Así que, a priori, sean bienvenidos todos los controles. ¿Todos? No, todos no, todos aquellos que presenten garantías. Y vamos al meollo… Resulta que los tests que realizan los esforzados agentes a pie de calle presentan un grado de fiabilidad del 97%. ¿Sólo? O sea, que si te dan el alto, existe un 3% de probabilidades de que el ingenio dé un falso positivo y que ese desgraciado que está más limpio que el fregadero de don Limpio se enfrente a un proceso penal que pueda dar con sus huesos entre rejas, al margen de otros pequeños inconvenientes como la retirada inmediata del carnet de conducir y la inmovilización de su vehículo.

Quizá moverse en un grado de error del 3% resulte aceptable para los políticos cuando se enfrentan a un proceso electoral, pero en asuntos tan delicados parece una cifra desorbitada… ¿No nos creen? Hagan sus propias cuentas y verán cómo le surgen argumentos suficientes para apoyar el argumento. Les ofrecemos una ayuda: de cada 1.000 sujetos testeados, 30 pagarán las consecuencias del error de la maquinita. Eso suponiendo que solo se hicieran esas pruebas, pero como conocemos a los esforzados agentes, en una campaña de tres meses, multipliquen las cifras por 100 o incluso por 1.000. La campaña hacía referencia a la realización de 20.000 controles de alcohol y drogas al día.

Bueno, pues estos números son tan inocentes como ese número de personas que se enfrentarán por mor del azar al escarnio que supone pasar por un drogadicto o un loco al volante (aunque solo sea el tiempo necesario para demostrar su inocencia). No todo vale aunque la causa sea justa. Los administradores deberían tener cuenta estos fallos antes de implantar unos controles tan poco rigurosos. Y en cualquier caso, ante la duda, es mejor NO someter.

Eduardo Costas, catedrático de Genética y Enrique Leite, periodista  

Anuncios