sapo katmystiry

De cuando en cuando miramos al cielo y comprobamos lo frágil que puede resultar la aventura de vivir en la Tierra. Basta que cualquiera de los millones de objetos que gravitan por ese otro gran azul se pongan en línea con nosotros para que se produzca una colisión que nos lleve directamente a la desaparición. Acudir al enemigo o amenaza exterior es una práctica común de los humanos.

Tendemos a buscar fuera los peligros y nos cuidamos muy poco de comprobar que el mayor peligro lo representamos nosostros mismos. Hace poco tiempo, en términos de evolución, los humanos introdujeron en Australia una especie de sapo, el Rihnella Marina. Esta especie no es natural del continente austral, fue introducida en el país a mediados de la década de los treinta del siglo pasado para combatir una plaga de escabarajos que estaba acabando con las plantaciones de caña de azúcar del estado de Queensland, al noroeste del país. Desde entonces, se fueron multiplicando sin control, llegando a convertirse en una especie invasora de los ecosistemas ya que el veneno que concentra en su piel mata a sus posibles depredadores australianos. 

Tal es la toxicidad de la piel de estos anfibios que en algunas zonas de Australia un 95% de la población de los animales que tratan de comérselos, como cocodrilos o iguanas, muere. Es decir, es una especie prácticamente sin depredadores.

A estas característica hay que añadir que cuenta con una gran velocidad para reproducirse, ya que una hembra puede poner unos 30.000 huevos en cada etapa de celo, hecho que la ha aupado a la lista de las 100 especies exóticas invasoras más dañinas del mundo que elabora la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

Y allí se quedaron, campando en libertad, sin ningún animal que los diezmara. Pero… todas las historias tienen un pero. Resulta que la presión urbanística del hombre comenzó a colonizar sus territorios. La convivencia entre ambas especies parece que se ha roto y los residuos tóxicos de una central eléctrica de carbón, los producidos por dos refinerías de aluminio o la industria del gas natural licuado podrían ser el detonante de unas raras mutaciones que se están produciendo en estos animales. Unas metamorfosis que tienen como origen la presencia de sustacias químicas contaminantes y los cambios en la salinidad del agua, que a su vez ha aumentado la proliferación de parásitos.

Estos sapos mutantes presentan malfomaciones en esqueleto, en ojos y extremidades —nacen con extremidades y ojos de más o de menos— y han proliferado al noroeste de Australia, en torno a un núcleo industrial a unos 500 kilómetros al norte de Brisbane, gracias a las riadas que ha provocado el desbordamiento del río Boyne. Los sapos mutantes tampoco encuentran depredadores a su paso y se reproducen con tranquilidad.

Lo que todavía no han sido capaces de conocer los científicos que los analizan es si con la metamorfisis se ha producido otro tipo de cambios que, a corto o a medio plazo, puedan amenazar la vida de los australianos.

Como pueden comprobar, no hace mirar al cielo para seguir el rastro de la destrucción que podemos provocar en el planeta.

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