peces de psiquiatra

En más de una ocasión hemos abordado los efectos colaterales que tiene el modelo de crecimiento económico y urbano que están imponiendo los humanos desde principios del siglo XX. Unos efectos que tienen como protagonista indiscutible los residuos y como paganos de la fiesta a los ecosistemas y los animales que viven en ellos.

El ciclo natural de la vida, además, convierte al agua en uno de los agentes transmisores más habituales y, a la vez, en uno de los chivatos más efectivos a la hora de la detección de alertas. La mayoría de los residuos que generamos son hidrosolubles y, como en la canción de los Toreros Muertos, ese agüita amarilla que fluye por los desagües acaba en los estómagos de otros animales.

Los análisis periódicos de las aguas nos ofrecen datos nada tranquilizadores. Los fármacos que tomamos para calmar nuestra ansiedad, como el ansiolítico Oxazepam, acaban calmando la ansiedad —que no padecen— de  los peces.

En concreto, los convierten en más voraces —comen más y más rápido—, se convierten en temerarios —es decir, alteran sus pautas de conductas habituales—, les vuelven hiperactivos y arrojados y un tanto antisociales.

Por una parte, ese desarrollo de la valentía les hace abandonar refugios seguros y explorar áreas más peligrosas para su supervivencia y ese apetito descontrolado, a la larga, puede ser una fuente de desequilibrio ecológico, ya que puede alterar el ecosistema y potenciar un crecimiento descontrolado de las algas —un boom de consecuencias imprevisibles—. Eso sin contar que pueden dar lugar a mutaciones en estas especies.

Y rizando el rizo, esos peces tratados contra la depresión contra su voluntad podrían acabar perfectamente en la mesa de cualquiera de nosotros, quienes recibiríamos a nuestro pesar unas dosis de ansiolítico. O sea, que podríamos entrar en un tipo de círculo vicioso penicioso para la salud de todos.

Estos efectos ya se han probado en un tipo de percas que habitan en determinados ríos de Suecia. La investigación en marcha, obviamente, no solo alerta del problema, sino que insiste en la necesidad de ahondar y mejorar los tratamientos de todas las aguas residuales para evitar el vertido de estas sustancias.

Uno de los responsables de esta investigación subraya que, por el momento, no existe un método útil, económico y práctico —es decir, viable— para limpiar de restos de medicamentos las aguas residuales y que habrá que avanzar en ello. Mientras tanto, recomiendan que en lugar de abusar de este tipo de fármacos, se presciban otros que resulten más ecológicos.

De lo contrario, prepárese a dejar un hueco en el diván de su psiquiatra para que trate al mismo tiempo que usted a su pez/mascota.

Lara de Miguel Fernández. Limnóloga

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