emarazo 

En la práctica diaria, los sanitarios utilizamos algún que otro truco para mitigar el mal trago que para los más pequeños suponen algunas técnicas realizadas en consulta, como las tan necesarias vacunas. Devolver al bebé inmediatamente tras el aguijón a los brazos maternales es uno de los infalibles.

Al instante, los lactantes cesan el llanto y recuperan la tranquilidad. Este poderoso elixir sedante nace del reconocimiento odorífero materno. El perfume de mamá.

La primera impronta sensorial para el reconocimiento entre madre e hijo ocurre en el útero.

Existen estudios relacionados con la ontogenia del olfato y la competencia del feto y la discriminación de olores a partir del nacimiento. Esta discriminación olfatoria es detectable incluso cuando los estímulos olfatorios provienen de la dieta. Los olores de la comida de la madre llegan al feto a través del líquido amniótico. La sustancia capaz de producir el aprendizaje intrauterino parece estar en el líquido amniótico.

De esta forma, la dieta de las madres podría determinar el olfato de sus hijos. Así, poco a poco, el sentido del olfato del futuro niño va desarrollándose y de esta manera irá definiendo sus preferencias olfativas.

Los neonatos nacidos de madres que habían o no consumido durante el embarazo anís pudieron discriminar este efluvio después del nacimiento. Desde el primero hasta el décimo día de vida extrauterina, será capaz de discriminar las emanaciones provenientes del cuello y de la axila materna.

Los nervios olfativos que perciben la molécula e informan de ella siguen un camino especial. No se detienen en el núcleo del tálamo, donde se canalizan estas informaciones para formar una representación de las mismas, sino que van directamente de la nariz a los circuitos de la memoria sin ninguna otra representación cortical. Los bebés cultivan de esta forma ya una familiaridad olfativa que constituye una forma de memoria a corto plazo y esta experiencia olfatoria va entrenando al pequeño para que al nacer pueda captar los olores del mundo exterior.

Para el feto lo que viene de la madre es bueno. Según los expertos, esa sensación olorosa no solo le transmite calma y confianza, también mitiga la ansiedad de la espera; es decir, le da placer. De igual modo, al estar en presencia del olor de su leche materna, disminuye su llanto.

Así que mientras esperamos la generalización de las vacunas transdérmicas, seguiremos dejando que la fragancia materna apacigüe los temores de los infantes.

Laura Castillo Casi, enfermera  

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