cockroach 

Si hablamos de animales, a la mayoría, seguro, le asaltaran imágenes de mamíferos adorables, ya sean salvajes, como osos y koalas, o domésticos, como gatos y perros. En general, tenemos una imagen de ellos adorables, por su aspecto o por sus cualidades como animales de compañía. Ahora bien, si mencionamos la palabra insectos… la cosa cambia.

Quitando a las mariposas o a las mariquitas de siete puntos, suelen, en el mejor de los casos, ofrecernos sensaciones amenazantes —su aspecto desde luego no les acompaña— cuando no de repugnancia, como es el caso de las cucarachas, desgraciadamente tan familiares como rechazadas. Aun así, del mundo de los insectos aprendemos y sus mecanismos de adaptación sacamos provecho continuamente.

Sobre las cuquis existe abundante literatura, alguna basada en hechos comprobados y otra no tanto. Por ejemplo, que pueden ser supervivientes a una guerra nuclear o que pueden vivir una semana sin cabeza (a quién se le habrá ocurrido hacer esto…).  Salvajadas aparte, que un organismo pueda vivir tanto tiempo sin su primitivo cerebro implica que alguien le tendrá que ayudar a sobrevivir en esta circunstancia tan particular, ¿no creen? Adentrémonos en su particular mundo. 

La cucaracha común Blatella germanica, como digo la más habitual en las casas, excreta amoníaco en lugar de ácido úrico, que es lo que hacen todos los insectos. Esto es curioso y se debe a que en el interior de este insecto vive una bacteria con la que está en simbiosis. Es precisamente esta bacteria la que le ayuda a reciclar su ácido úrico para poder sintetizar algunos aminoácidos que son esenciales para la vida del insecto, en especial cuando la cucaracha no tiene mucho que comer (¿cuando no tiene cabeza?).

Curioso, ¿no? Nosotros, los humanos, también necesitamos sintetizar determinadas sustancias sin las cuales no podríamos vivir, como la vitamina C, pero en lugar de buscar una bacteria amiga la incorporamos directamente a nuestra dieta. Parece, a simple vista, que las cucarachas nos llevan cierta ventaja.

Desde un punto de vista práctico, esta relación cucaracha-bacteria podría ser interesante. Cuando queremos eliminarlas de nuestras cocinas, acudimos a soluciones como el uso de veneno (insecticidas). Una alternativa a la eliminación de estos insectos, que transmiten enfermedades como la gastroenteritis, asma, alergias etc, podría llevarse a cabo no eliminando a la cucaracha, sino a la bacteria que posee en su interior con la que mantiene esa relación de simbiosis. A lo mejor un buen antibiótico para esa bacteria podría, indirectamente, eliminar de la cocina a tan desagradable insecto, permitiéndonos tener la casa como los chorros del oro…

Y sobre el fenómeno de la decapitación, seguro que coinciden conmigo en que a alguno de nuestros especímenes no les hace falta separarlos de su cerebro —inteligencia— para comprobar que lo usan poco o nada.

Jesús Pintor, catedrático de Bioquímica

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