market 

Al final, tanto hablar de la crisis económica, de sus derivadas y sus consecuencias, vamos a terminar aprendiendo economía sí o sí. Y lo estamos haciendo por el camino más difícil, que es comprobando sus efectos en nuestras carnes. Y “como la letra con sangre entra”, el aprendizaje también hace que nos cuestionemos, al menos los de mi generación, los postulados sobre los que se asienta el sistema, o sus presuntos postulados.

De entrada, los defensores del libre mercado nos machacan con la ley de la oferta y la demanda, y cómo su desarrollo marca ese mercado —y por lo tanto la economía—. Así asientan las recetas para salir de la crisis. Esta ley nos encuadra a todos, por un lado están los productores de bienes, por otro lado los consumidores y la pulsión entre ambos determina el precio del producto y las necesidades de producción del mismo. A saber, si la demanda excede la oferta, aumenta el precio y habrá más fabricantes que se decanten por esta línea, ya que se presupone se obtendrán pingües beneficios.

Como esa tendencia irá paulatinamente satisfaciendo la demanda, teóricamente ese precio tenderá a estabilizarse o bajar. Y entonces vino Caperucita y se comió al lobo. Porque resulta que sobre la demanda influyen otros factores como pueden ser los gustos del consumidor (reales o inducidos por el propio productor a través de la publicidad), los precios de otros productos que pueden sustituir al mío (por ejemplo, cambiar cerveza por vino o el arroz por pasta en las comidas en función de lo que cueste una y otra si ambos me gustan), el poder adquisitivo de la renta (si me suben el alquiler o la hipoteca tendré menos dinero para la cesta de la compra), amén de otras consideraciones subjetivas como la creencia de que saldremos de la crisis y por lo tanto no hay que apretarse el cinturón, pensar que afecta a otras capas sociales —yo, como tengo trabajo, no tengo por qué cambiar de hábitos—, etc.

Y da la casualidad que todas esas variables caben en una ecuación, y por lo tanto son matemáticamente cuantificables y despejables. Es decir, no representan una entelequia fruto de mentes calenturientas. Y la prueba la tenemos en la naturaleza. Los etólogos lo saben y lo han comprobado. El mundo animal también tiene su propio mercado. Los ecosistemas resultan equilibrados cuando la cadena trófica se cumple y son capaces de convivir depredadores y depredados en un mismo ambiente. Ellos mismos se regulan para que la supervivencia sea posible. Afortunados que no tienen a un Gobierno presionando por incrementar un consumo ya de por sí insostenible (¿cuánto de nuestra herencia energética (petróleo y carbón) hemos dilapidado ya? ¿Qué será de la oferta y la demanda cuando no quede qué ofertar?).

Pero eso se les olvidó programarlo en las clases, quedó solo para el conocimiento de los iniciados. Atendiendo a estos nuevos parámetros, la demanda de los bienes se clasifican en normales (aumenta su demanda cuando aumenta la renta del consumidor), inferiores no Giffen (se compran menos cuando nuestra renta se ve incrementada, son asequibles pero de peor calidad), y las dos excepciones de la ley: inferiores Giffen (aquellos que son considerados imprescindibles y que no podemos renunciar a ellos a pesar de que aumente paulatinamente su precio, según la ley solo se dan lugar en condiciones extremas de subsistencia) y los bienes Veblen o de lujo (aquellos que pese aumentar su precio aumenta su demanda, su valor es su propio precio. ¿Se acuerdan de eso de que en la crisis ha aumentado la venta de coches de lujo?)

Pues bien, del mismo modo que en la naturaleza se lleva a cabo un consumo de subsistencia determinando sus bienes Giffen y los seres vivos procuran que no falten en su dieta, los Gobiernos debieran preocuparse en determinar cuáles son los posibles bienes Giffen de nuestra sociedad y evitar que se especule con ellos.

Tan sencillo y tan simple como eso. Si esos bienes están protegidos, estará protegido el bienestar, incluso en situaciones límite tan en boga en este momento. De otro modo, algún especulador sacará provecho y se convertirá en multimillonario aprovechando que nadie podrá prescindir de ellos por muy caros que resulten.

Beatriz Baselga, veterinaria

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