elefante hormiga 

La mitología atribuye a uno de los mamíferos terrestres más grandes que pisan la tierra un temor reverencial a determinados animales muy, muy pequeños, como ratones u hormigas. Forma parte de esa leyenda de que lo diminuto puede con lo enorme y la inteligencia derriba el muro de la fuerza. En definitiva, el mito de David contra Goliath.

Parece demostrado, al menos en Kenia, que los elefantes no se acecan a las acacias por miedo a sufrir ataques de las hormigas. De un tamaño casi un millar de veces menor, estos insectos mantienen a raya a los glotones paquidermos.

No crean que se trata de una lucha de un individuo contra otro, pero se acerca bastante al modelo. Las columnas de hormigas que se instalan o utilizan los troncos y ramas de las acacias para alimentarse de sus frutos o para encontrar refugio se han convertido en sus principales guardianes. Es decir, compiten por tan codiciado y suculento manjar con los elefantes. Para defender su territorio las hormigas atacan el verdadero talón de Aquiles de sus rivales: su trompa, que además de gran nariz les vale como brazo articulado para proveerse de los alimentos y llevarlos a su boca. 

Pues bien, si algún despistado se acerca a una acacia con la intención de arrancar un tallo, las columnas enfurecidas de obreras se introducen en ella produciéndoles dolorosas picaduras o mordeduras que hacen que desistan en su intento de conseguir un bocado. Los biólogos han comprobado que los elefantes detectan la presencia de hormigas por su olor —ya saben, las feromonas— que actúa a modo de repelente.

Esta historia, como la mayoría de las que tienen como protagonistas a animales, tiene una segunda parte y una moraleja. Esa simbiosis entre hormigas y acacias (la segunda le provee de un dulce néctar a cambio de protección) tiene un final feliz para todos, ya que contribuye al reequilibrio del ecosistema de la sabana y, a la postre, redunda en beneficio de insectos, plantas y animales, incluidos los elefantes.

El equilibrio de la sabana depende en gran parte de la existencia de acacias. Estos árboles son necesarios porque absorben el dióxido de carbono y, por lo tanto, reducen la acumulación de gases de efecto invernadero. Hasta ahora se pensaba que la vegetación de la sabana dependía de las precipitaciones y efectos metereológicos, de la calidad del suelo y del efecto de los herbívoros. A esta lista hay que sumar ahora a las hormigas.

Y como todo descubrimiento tiene también un efecto práctico, hay que anotar que si el olor de este pequeño insecto es capaz de ahuyentar a los elefantes, se podría desarrollar algún tipo de repelente con olor a hormiga que haga que estos grandes animales no se acerquen a determinados cultivos y evitar que arrasen con ellos.

De este modo, también se podrá evitar que los elefantes sean abatidos por el hombre, ya que la destrucción de cultivos es una de la principales razones para organizar limpiezas étnicas de esta especie en algunas zonas de África.

Lara de Miguel Fernández. Limnóloga

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