mirada

Seguro que usted ha sido víctima o protagonista en algún momento de su vida en pareja de una frase como esta. Cuando esto ocurre, el sujeto mira de arriba abajo y, alarmado, tantea: “¿El vestido?… ¡No! ¿El pelo?… ¡No! ¡Los zapatos!”, exclama nervioso ante la mirada incrédula de su partenaire.

Bien, pues resulta que el culpable de este despropósito no es ni el desinterés ni mucho menos la tan trillada insensibilidad masculina. Los científicos han descubierto al fin que es cierto: hombres y mujeres vemos el mundo de forma diferente. Este desajuste visual tiene su origen en el mayor número de hormonas masculinas, que confiere a nuestros oponentes una receptibilidad distinta. Gracias a ellas los varones, detectan fácilmente los estímulos de movimiento rápido, mientras que nosotras discriminamos y diferenciamos con mayor exactitud las gamas de colores.

Para llegar a esta conclusión, los investigadores compararon la visión de un grupo de voluntarios con idéntica calidad de visibilidad. Se les hizo observar un espectro de colores distintos y unas barras claras y oscuras para medir la sensibilidad de contraste. El resultado fue que había diferencias en cuanto a la percepción. Los hombres no eran precisos en sus respuestas y les costaba distinguir disimilitudes entre los colores; las mujeres, no. Los hombres fueron más rápidos en diferenciar las barras y discernir cuándo una forma se modificaba, lo que significa una mayor atención al detalle.

Isaac Abramov, profesor de Psicología del Brooklyn College, descubrió que mientras que ambos vemos el azul como azul, el porcentaje de rojo que localizamos en el color discrepa si el individuo es hombre o mujer. El estudio asegura que la disparidad no radica en la estructura ocular, sino en la cantidad de andrógenos y de receptores en el cerebro, que son los encargados de procesar las imágenes.

La testosterona juega un papel clave. Esto podría explicarse por los receptores de esta hormona, que se hallan en mayor concentración en la parte superior del cerebro, la corteza cerebral. Los elementos de la visión están conectados a las neuronas de la corteza primaria del cerebro y el desarrollo de estas células es controlado por los andrógenos durante el paso de embrión a feto.

Otra hipótesis relaciona la sensibilidad del cerebro a la testosterona apoyándose en el desarrollo evolutivo del hombre en su rol de cazador que necesitaba potenciar las facultades que les permitieran divisar una presa en la distancia con mayor precisión. Por su parte, las féminas perfeccionaron otras habilidades más apropiadas para su desempeño como recolectoras.

Al ser una diferencia biológica, no es posible entrenar al ojo para mejorar lo que ejecuta peor; afortunadamente, otros factores acuden en nuestra ayuda, como la educación o la memoria. Una conclusión interesante es que los estudios basados en la biología deberán incluir entre sus participantes un número significativo de hombres y de mujeres para evitar resultados parciales en favor de uno u otro género.

¡A este descubrimiento científico podemos encontrarle una cierta utilidad, señoras! La próxima vez que estrenen o luzcan prenda o estilo nuevo y esperen una muestra de admiración de su compañero, no se queden como un pasmarote esperando el éxito del acertijo, sino que ejecuten algún tipo de movimiento aclaratorio enarbolando la zona o prenda que ha de ser agasajada: unos pasos de baile si son los zapatos, un leve movimiento de cabeza si es el nuevo tinte … o toquetearse la falda estirándola… ¡¡et  voilà¡¡ Y si su experimento tiene éxito, no duden en comunicárnoslo.

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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