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Todos tenemos que comer —algunos dicen que cinco veces al día— pero no todas las comidas son iguales. O al menos, no nos lo parecen. Eso está claro. Para gustos los colores, dicen. Pero también está claro que hay algunos sabores que podríamos denominar universales, algunas comidas que se escapan a los particulares patrones culturales de los países y que gustan por igual a un chino, a un bengalí o a un mismísimo hijo de la Gran Bretaña. ¿Ya están salibando pensando en la denominada fast food? Seguro.

Y no se equivocan. De ese tipo de comida, vamos a desgranar unas líneas. Un tipo de comida que gusta a humanos y… a ratas. En concreto, de los snacks, esos aperitivos salados que mayoritariamente nos obligan a comer hasta que el raquítico envase en el que se comercializan queda tan limpio como los suelos del palacio.

La tradición dietética hasta ahora hablaba de la irresistible atracción fatal de su alto contenido en grasa y carbohidratos, pero unos investigadores han querido ir más allá y se les ocurrió estudiar el patrón de actividad del cerebro cuando se comen las deliciosas patatas fritas, las chips. Y para ello se pusieron a observar qué ocurría en el interior de la cabeza de unas ratas alimentadas con patatas fritas, otras que lo hacían con una mezcla de grasas y carbohidratos en una proporción similar a las que contienen las patatas y un tercer grupo que comía un pienso estándar. 

El cuadro obtenido tras someterlas a resonancias magnéticas ofrecía pocas dudas: las áreas cerebrales relacionadas con el sistema de recompensa, el sueño o las funciones motoras alcanzaban niveles de activación superiores en el primer grupo de roedores que en los otros dos.

Es decir, probaron que las chips, alguno de sus componentes específicos, más allá de la mezcla de polisaturados, es el culpable de ese adicción que hace que nos relamamos los bigotes y nos comamos hasta la última miguita.

Pero la incógnita no se despejará hasta nueva orden. Los resultados, a juicio de los científicos, prueban que hay que seguir investigando para poder determinar cuál es el compuesto que provoca estas reacciones en nuestra mente.

De lograrse descifrar el componente que activa el circuito de la recompensa cerebral, estaríamos ante un tipo de ingrediente que, añadido o suprimido, podría cambiar el gusto de la humanidad y, por ejemplo, decantarnos por unas apetitosas espinacas —a lo Popeye— o a que los más peques devoren el pescado y la verdura sin necesidad de acudir a manidos engaños o cuentos.

Yo por si acaso, voy a terminar la bolsa que me dejé a medias antes de ponerme a escribir.

Enrique Leite

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