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Comer, beber y… ya imaginan, practicar sexo. Son tres actividades básicas que se focalizan en una zona de nuestro cerebro que se denomina genéricamente sistema de recompensa. Nadie nos recompensa por eso, que quede claro, ya le gustaría a algunos que se dejan tentar por alguno de los pecados capitales. Tan solo es que se activan en esta parte de nuestra cabeza una serie de hormonas que nos provocan sensaciones placenteras.

Y como el equilibrio parte por producir una dosis adecuada de estas sensaciones y todos pretendemos vivir en armonía, las buscamos de manera más o menos continuadamente. Todo eso sucede en el núcleo accumbes. Esta estructura cerebral está siendo objeto de numerosos estudios neurológicos para conocer, además de las actividades descritas, qué otro tipo de acciones lo ponen a producir hormonas.

La música también hay que sumarla a esta categoría. En principio parece lógico, sobre todo si tenemos en cuenta que, como especie, estamos dotados naturalmente —genéticamente— para la danza, es decir, que de manera espontánea reaccionamos con movimientos acompasados tras la escucha de determinados sonidos, a determinados ritmos. O también si pensamos que las melodías musicales nos provocan multitud de reacciones: damos rienda suelta a nuestras emociones, nos ayudan a conciliar el sueño… Se trata de una actividad sumamente placentera.

Una lógica que está corroborada por un estudio científico donde se ha demostrado que la actividad en el núcleo accumbes aumenta cuanto más placentera nos resulta una melodía. El experimento realizado por un grupo de científicos canadienses avaló la teoría. Los sujetos estudiados mostraban esa constante.

Aunque hay que matizar. Aunque la música es un valor universal, los gustos musicales son subjetivos. El valor que le damos a determinadas melodías —no todos tenemos la misma afición por las mismas melodías— está influido por otras áreas cerebrales, como la corteza auditiva, donde se almacenan los sonidos, y  la corteza prefrontal, donde se aloja el sistema de toma de decisiones. En este sentido, los investigadores han concluido que la estructura del sistema de recompensa sirve como centro integrador de ambos.

Por otra parte, dándole vueltas a la cabeza, también hay quien asegura que el hecho de comprar, de gastar dinero en algo que nos produce placer, también estimula este área del cerebro donde se alojan las recompensas. Luego, ¿sería posible predecir cuándo estaremos dispuestos a pagar por la música?

Teóricamente sí, pero, sinceramente, creo que habría que contraponer ese placer al que produce la descarga gratuita de archivos de internet. Y no se por qué me huelo que este último ganaría la partida de calle. ¿No creen? A estas alturas del partido, creo que la investigación neuronal se halla todavía en un estado incipiente y que nos deparará muchas, muchas sorpresas a lo largo de las próximas décadas.

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