homo sapiens 

Nos fascinan y pensar que convivimos con ellos durante unos diez mil años, lo que implica la seria posibilidad de que ambas especies se relacionaran y se mezclaran, los hace todavía más interesentates a nuestros ojos. Hablamos de los Neandertales, los verdaderos europeos que acabaron siendo desplazados —lo que les llevó a su extinción— por los Homo sapiens.

Los numerosos restos fósiles que se van descubriendo en las últimas décadas nos ofrecen incontables pistas de cómo se organizaban, como vivían y cómo eran realmente. Y una de las conclusiones que se evidencian estudio tras estudio es que, aunque tenían un cerebro similar al nuestro —en cuanto tamaño—, tenían una estructura cerebral diferente. Contaban con otras habilidades que, a la postre, les acabaron resultando poco útiles. Y una de las últimas diferencias constatadas es el campo visual.

Los neandertales, además de una masa corporal mayor a la de sus primos africanos, poseían unos ojos más grandes. Esta evidencia, el tamaño de los ojos, sugiere que dedicaban una buena parte de su cerebro a la visión; del mismo modo que su mayor masa corporal invita a pensar que parte de sus conexiones neurológicas se dedicaba a controlar las funciones de ese cuerpo más grande.

Pero sigamos con los ojos… Si tenemos en cuenta que, como europeos puros, vivían en un extensión territorial con menor intensidad lumínica que en África —la tierra originaria de los Sapiens— parece lógico justificar ese mayor espacio en su cerebro, ya que les era muy necesario para poder sobrevivir en el territorio.

Ahora bien, como estamos hablando de un sistema de suma cero, es decir, que lo que aumenta de un lado ha de disminuir forzosamente en otro, los investigadores han llegado a la conclusión de que si los neandertales dedicaban una buena parte de este organismo para controlar la visión, por una parte, y el movimiento por otra —desplazar su gran masa muscular también hace pensar que ocupaba su espacio en la cabeza de esta especie—, probablemente se hizo a costa de menguar otras áreas cerebrales destinadas a otras actividades cognitivas.

El estudio, como se pueden imaginar, ha sido obra de unos científicos —británicos en este caso— que compararon los cráneos fósiles de 32 humanos y de 13 neandertales que tenían una antigüedad que rondaba entre los 27.000 y 75.000 años.

Y esta teoría se apuntala en el hecho de que esta especie vivía en comunidades pequeñas. O sea, que tenían menos capacidad como especie para tratar los aspectos relacionados con la vida social. Quién sabe si esas carencias para entender las relaciones sociales fueron parte de los desencadenantes que aceleraron su extinción.

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