ducha

Hablando — o escribiendo— de la voz, existen dos momentos realmente extraños: cuando nos escuchamos tras habernos grabado o cuando notamos lo potente que sonamos al canturrear en la ducha. En ambas situaciones percibimos, o podemos llegar a sentirlo, que sonamos diferente, que no somos nosotros.

Aunque, como decimos, son momentos diferentes, la respuesta tiene que ver con las cajas de resonancia y las ondas sonoras. La caja de resonancia de nuestro cerebro y también la que forman las paredes de los baños.

El sonido llega al oído por dos vías diferentes y en el caso de nuestra propia voz, simultáneas: por el aire o por vía ósea. Los sonidos que transmiten el aire viajan hasta la clócea —una especie de espiral llena de líquido—, que se encuentra en el oído interno, tras realizar un viaje por el canal auditivo externo, el tímpano y el oído medio. En cambio, el transmitido por vía ósea llega directamente a la clócea a través de los tejidos de la cabeza. 

Es decir, la vibración de nuestras cuerdas vocales llega al aire por una parte, pero también directamente a través de nuestros tejidos y lo que percibimos como nuestra voz no deja de ser una combinación de ambas. Por eso, cuando nos grabamos y reproducimos lo captado solo escuchamos lo que nos llega por el aire y nos suena extraño. Hemos hecho desaparecer la componente que transmite la conducción ósea, que por cierto es donde se potencian las vibraciones de baja frecuencia, las de tonos más graves. Por eso si nos tapamos los oídos, nuestra voz nos resultará más grave (y también nos resulta un tanto desconocida).

Bien, desvelado el misterio de la voz cavernosa o más aflautada cuando nos tapamos los oídos o nos grabamos, respectivamente, nos queda el de la musical cuando nos duchamos. No sé a ustedes, pero es abrir el grifo de la alcachofa y como que se te invita a canturrear. De hecho, nos suena como mucho mejor. Y eso es así también por un asunto de resonancia.

Las duras y lisas paredes de los cuartos de baño hacen que las ondas sonoras reverberen durante más tiempo al chocar contra ellas y eso hace que aumente la intensidad del sonido. Además, ese efecto de eco potencia la permanencia de las notas más graves, que son las notas más complicadas para nuestras cuerdas vocales.

Esa mayor intensidad y ese poco de reverb nos provoca la sensación de parecer mejores cantantes de lo que realmente somos y nos anima a tirarnos al ruedo cuando las primeras gotas de agua caliente cubren nuestro cuerpo.

Ese truco —el del eco para potenciar los graves— lo saben bien en todas las compañías discográficas y emisoras de radio, que utilizan los filtros y las ecualizaciones de las mesas de mezclas para que locutores y cantantes se lancen a la palestra con mayor confianza en su voz, trinos y gorgoritos.

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