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De cuando en cuando, desde estas páginas nos dejamos caer por el mundo de los materiales. Las investigaciones aplicadas no solo se fijan en modelos animales —en soluciones biológicas— para reproducir sistemas más resistentes. Se sigue experimentando con nuevos materiales o se buscan nuevas aplicaciones a los antiguos.

Hoy en día, cuando la mayoría de los gadgets tecnológicos que usamos son autónomos, una de las líneas de investigación que libran una batalla contra el reloj es la que se dedica a las baterías. Encontrar materiales que sean cada vez menos pesados, que abulten menos y, sobre todo, que duren más —a ser posible eternos, para dejar de estar buscando un enchufe continuamente— es el objetivo marcado. 

De hecho, las baterías de iones de litio supusieron la gran revolución en la década pasada. Su elevada capacidad energética, su resistencia a la descarga y la ausencia del llamado efecto memoria (la capacidad para funcionar con elevados ciclos de recarga) desbancó a todas sus rivales. Además los materiales con los que se construyen hacen que pesen poco, abulten menos y permitan, por lo tanto, reducir su tamaño y con ello el de los dispositivos donde se alojan. En su contra, además de lo de la relativa rapidez de las descargas, su excesiva sensibilidad a la temperatura (¿o no sienten un calorcillo incómodo cuando llevan el móvil demasiado tiempo junto a la oreja?), que puede llegar a provocar su explosión por sobrecalentamiento.

Por todas estas razones, y seguro que por ese afán de encontrar el material perfecto, desde la implantación de las baterías de litio se ha abierto paso una nueva línea de investigación. Los puntos de mira de los investigadores se han dirigido hacia el azufre, un viejo conocido que en materia de energía no ha dado todavía el salto del laboratorio a las estanterías de los comercios.

Las investigaciones habían tropezado con un escollo insalvable. Si se utilizaba como base para alojar el polo positivo (el cátodo) se producía una destrucción gradual de la bateria y la reducción de su capacidad. Una auténtica contrariedad, aunque parece que ya se ha resuelto.

Utilizando un cátodo construido por esferas huecas microscópicas de azufre cubiertas con polímero, un grupo de investigadores norteamericanos ha evitado este problema. Han construido unas superbaterías que prácticamente son eternas (no pierden su capacidad y se pueden recargar sin problemas).

De momento es un prototipo, pero se ha probado con éxito. El desarrollo de este ingenio puede suponer un gran avance para una industria que está esperando un empujón de la técnica para asentarse de manera definitiva: la de los vehículos eléctricos.

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