space sex 

El futuro de la humanidad, si atendemos a las corrientes en boga o a la ciencia ficción, se dibuja en gravedad cero. Bien sea bajo el agua o por encima de la Tierra, ingenieros, científicos y demás estudiosos diseñan megápolis o construcciones para que los humanos vivamos en las profundidades del océano o en las inmensidades del cosmos.

Más o menos, tenemos controlados los efectos que puede provocar en el organismo esa ausencia de gravedad. Y saber qué ocurre no necesariamente significa tener una solución para el problema. Ahora bien, para cumplir esa vieja —y divertida— máxima de creced y multiplicaos, poco o nada se ha avanzado en saber cómo afecta al comportamiento sexual esa falta de gravedad. Hasta ahora, cosmonautas o buceadores cobayas salieron a ese ignoto mundo provistos de cantidad de controles sobre sus constantes vitales, pero ninguno se sometió a pruebas para comprobar esa variable.

Obviando el deseo, es decir el pensamiento o las ganas, el moverse en ese tipo de espacios para el que no estamos preparados presenta una serie de dificultades añadidas (piensen que los tripulantes de las misiones espaciales aseguran que apretar un tornillo allá arriba es una tarea de Hércules). Por ejemplo…. póngase en situación. Pues ya me dirán cómo van a acompasar el movimiento para culminar el coito si no existe tracción. O si lo prefieren, ¿es que iríamos en contra de la tercera ley del Movimiento de Newton: todo empuje recibe una reacción igual o contraria?

Pues eso, que acabarían golpeándose contra las paredes de la nave y, con ese trajín, como que se le quitan las ganas al más ansioso.

Que sepamos, todavía no se ha diseñado un traje o arnés espacial para dichas prácticas amatorias —se tendría que reescribir el Kamasutra solo para astronautas—. Creo que el ejemplo es lo suficiente gráfico como para no seguir profundizando en otros, aunque recuerden que los músculos pierden tono, que la falta de gravedad afecta a la sangre —y por lo tanto previsiblemente también a los tejidos cavernosos—…. ¿Seguimos?

Y eso por solo hablar de la parte divertida del asunto. Porque las derivadas podrían ser aun más complicadas si nos ponemos a pensar qué ocurriría si alguna astronauta, fruto de esa pasión de las alturas, se quedara embarazada. ¿Cómo afectaría al embarazo? ¿Y al embrión? De momento, los procesos reproductivos que se han probado tanto en animales como en plantas han resultado bastante desalentadores.

La falta de gravedad tiene una incidencia negativa en el transporte intercelular y también provoca menguas en el crecimiento de las células. De hecho, los nacimientos de peces en el espacio han traído como consecuencia seres con malformaciones. En nuestro caso, los especialistas creen que los problemas del embrión pasan por daños en las neuronas y en el corazón, deformaciones óseas o alteraciones del tejido muscular.

A la vista de estos hechos e intuyendo que no se puede ir a la contra, más valdría a los responsables de la NASA y del resto de agencias espaciales del mundo empezar a guardarse un montoncito de sus presupuestos para destinarlo a partidas de investigación en esta línea. Porque si acabasemos viviendo en el espacio pero sin practicar sexo ni reproducirnos, pues ya me dirán quiénes van a pagar las pensiones.

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