danza

Dar saltos o ponerse a bailar es una reacción común en nosotros para expresar nuestra alegría o bienestar. Obviando a los primeros y centrándonos en los segundos, luego nos encontramos con los profesionales que utilizan sus habilidades en la pista de la disco para poderse granjear con los favores de un contrario.

Bailar, una actividad al alcance de cualquiera y que va mucho más allá de acompasar rítmicamente nuestros movimientos a la ejecución de una melodía. Aunque es mejor que aquellos que nos manejamos con dos pies izquierdos nos quedemos cómodamente sentados en la butaca leyendo, por ejemplo, historias como esta.

Dejando a un lado lo referente a la seducción o a los rituales de apareamiento, hoy no toca abordar asuntos sexuales ni nos vamos a comparar con otros animales que también realizan sus propios ritos en lo del cortejo, parece que evolutivamente estamos preparados para el baile y que aquellos especímenes humanos que destacaban por sus habilidades innatas para la danza se fueron imponiendo (gozaron de ciertas ventajas evolutivas) sobre los sujetos descoordinados o arrítmicos.

Tal fue así, que se ha demostrado que poseemos una capacidad única para coordinar nuestros movimientos a un estímulo auditivo externo y que el mero hecho de escuchar una melodía provoca en nosotros movimientos espontáneos de pies, brazos u otras parte de nuestro cuerpo. Literalmente, eso de que se nos disparan los pies sin control cuando suena la música. Parece que es innato, ya que el experimento sobre el que se apoya esta teoría se desarrolló con lactantes, es decir, en individuos de nuestra especie no socializados todavía y ajenos a pautas culturales como el lenguaje.

De hecho, los investigadores comprobaron que los bebés se movían rítmicamente y de manera natural ante determinados sonidos y que reaccionaban incluso antes a estos impulsos que al reconocimiento de la voz. Básicamente, reaccionan al ritmo. Asimismo, el equipo que realizó el estudio relacionó el grado de coordinación rítmica con la música con muestras de afecto positivo. Vamos, que son felices como perdices.

Todo ello les llevó a la deducción de que pudiera existir un componente genético, es decir, propio de nuestra especie que nos convierta en evolutivamente aptos para la danza. Una hipótesis apoyada por un hecho curioso: los niveles de serotonina y de vasopresina aumentan en nuestra sangre cuando bailamos. Se ha podido comprobar en las analíticas de los bailarines profesionales.

Y poco hay que decir acerca de estos dos componentes. Los efectos de ambas sustancias son ampliamente conocidos. Son cuando entramos en fase de euforia, del bienestar, de la afectividad o del buen humor.

Así que ya saben… nacidos para bailar.

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