elegir pareja

Que cuando se sale a ligar eligen ellas es algo que a estas alturas de la película no ofrece discusión. Lo que sí forma parte del debate —en la comunidad científica por lo menos— es si la elección de pareja depende de aspectos genéticos; vamos, si lo llevamos escrito antes de nacer o si se trata de un factor epigenético: todos los factores no genéticos que intervienen en el desarrollo de un organismo; es decir, que es fruto de las interacciones de nuestros genes y el ambiente por lo que surge el asunto en cuestión.

Y la cuestión no es baladí, porque lo estrictamente genético es heredable, mientras que lo demás no necesariamente. De hecho, este tipo de debates resultan útiles porque echa por tierra ideas o corrientes de pensamiento cerrados. Los defensores a ultranza de la genética se muestran reacios a admitir que a lo largo de nuestra vida —como organismos— se producen pequeñas modificaciones en su química que son capaces de alterar o regular de determinado modo los genes.

Pues parece que en cuestiones de pareja, la elección de compañer@ depende lo segundo; de factores epigenéticos. Así se ha probado en un estudio que ha utilizado como colaboradores necesarios a unos ratoncillos de campo. Para no perdernos en demasiados vericuetos químicos, lo resumiremos en que la conclusión es que estos roedores, monógamos por cierto, desarrollan un vínculo con su compañera después de varios episodios de apareamiento y que sus preferencias se decantan tras producirse cambios en la estructura de sus genes. 

Concretamente, los investigadores comprobaron que, tras esas sesiones de apareamiento, los ratoncillos sufrían variaciones que afectaron a los genes que codifican la oxitocina y la vasopresina. Estas dos hormonas están directamente relacionadas con las preferencias a la hora de elegir pareja y con el comportamiento social en general.

¿Y por qué este descubrimiento puede resultar importante? Sencillamente porque marca un camino que puede estudiarse en otras especies, en especial la nuestra. Y más allá de descubrir si existe o no el gen de la infidelidad, algo que puede ser éticamente reprobable, sencillamente por analogía se pueden estudiar y obtener medicamentos que traten enfermedades que tengan que ver con la conducta social, como por ejemplo puede ser la esquizofrenia o el autismo, ya que si sabemos cómo se activan determinados genes, también podremos saber cómo desactivarlos.

Si lo prefieren, podremos actuar como si se tratara de un conmutador de nuestros circuitos cerebrales y abrirlos —generar la producción de una hormona— o cerrarlos — inhibirlos— para evitar el desarrollo de una enfermedad o alterar las conductas de apego incrementando las potencialidades de quienes carezcan de ello.

Para que luego digan aquello de “¡qué tiene que ver el sexo con este cuento!”. Ya ven, todos los caminos conducen a Roma.

 Eduardo Costas, catedrático de Genética, y Enrique Leite

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