Foto de beat0092

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Instalados en la crisis y reconducidos a un frenesí creador para los investigadores científicos y resto del personal no adscrito a este área como posible manera de huir de ella, parece el momento adecuado para echar un alto en el camino y reflexionar un poco sobre la dirección a la que nos abocan los recortes y la política gubernamental. Sobre todo, teniendo en cuenta si esa salida pasa por intentar montar tu propia empresa y si los ingresos dependerán del resultado de tu intelecto.

Así que si esta es su opción, prepárese para recorrer el proceso mundo de la burocracia. Bienvenido a la Torre de Babel de las patentes.

Cuando se habla de propiedad intelectual, genéricamente estamos hablando de una creación original sobre la cual existe una serie de derechos, que no solo incluyen el reconocimiento de que la ha inventado usted, sino —y esto es lo crucial del asunto— la posibilidad de comercializar con ella. Adentrarse en el mundo de las patentes, al menos en España, es adentrarse en aguas turbulentas. De entrada hay que subrayar que cualquier patente debe surcar el mar de la burocracia que nos obliga a patentar ese invento por tramos. O sea, que primero hay que hacerlo a nivel nacional, luego a nivel continental —en nuestro caso, europeo— y en un tercer momento a nivel mundial. Y hay que hacerlo por ese orden impepinablemente.

Eso supone comenzar a rellenar formularios/tipo, algunas veces incontestables, que cada país elabora según los criterios del burócrata de turno. Así que ármese de paciencia franciscana y afile bien la punta de su lápiz. Normalmente, una patente no deja de ser la teórica protección legal que otorga una serie de derechos en exclusiva garantizados al inventor de un producto. Es patentable un procedimiento científico, un método de fabricación, una máquina, aparato o producto novedoso (un prototipo). Para ello se requieren básicamente dos condiciones: que el invento pueda ser explotado comercialmente (lo haga usted o lo hagan otros) y que haya requerido una actividad inventiva.

Si su idea goza de esas dos prerrogativas, adelante… de lo contrario, evítese el paseo. Ahora bien, no todo es patentable. Existen descubrimientos o inventos que están protegidos por otra parte del Derecho y, en ese caso, sus pasos en lugar de hacia el Registro de Patentes y Marcas han de dirigirse hacia los registros de derechos de autor. El derecho de autor protege, lógicamente, a los creadores de obras literarias o artísticas, pero también a los programas de ordenador o de software. Así que si su invectiva se dedica a ese campo, ya sabe dónde entregar su formulario.

Teóricamente, piratas al margen, sus derechos como creador estarán protegidos. Ahora bien, no todo es posible de patentar. Los legisladores —es decir, los Gobiernos— han llegado al consenso de que no es lo mismo patentar que descubrir, y también a que existen elementos que deben de ser del común de la humanidad y, por lo tanto, nadie puede abrogarse el derecho a comercializar con ello. Es el caso de los seres vivos —o parte de ellos— tal y como se encuentran en la naturaleza —¿se acuerdan de los debates sobre las patentes del mapa del ADN humano?— o de los descubrimientos de sustancias naturales —como un mineral, por ejemplo—.

Tampoco pueden ser patentados los métodos matemáticos, las reglas y métodos de actividades intelectuales, las normas o reglas de un juego o los métodos de diagnóstico, terapéuticos o quirúrgicos. Y parece que tiene un cierto sentido lógico.

Lo de la burocracia no, pero esa excitante actividad la dejamos para quien tenga ya un invento en su mano. Buena suerte.

Camino García Balboa, química

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