chicles 

Desde que a la tierna edad de 8 años fui sometida a mi primer proceso desintoxicante de la aberrante compulsión de chuparme el dedo, llevo en mi haber el abandono con éxito de varios malos hábitos. A saber, mordisquearme las uñas, el regaliz rojo, la leche condensada, el chocolate blanco, los bollos de crema, el regaliz rojo (es que soy reincidente), las pipas, las chips, fumar, el regaliz rojo (es que no hay quien se resista a él)… y todos me parecen hoy sustitutos de ese mi primer vicio.

En mi ayuda para sobrellevar monos, hambres y aburrimientos, han acudido varios amigos compensatorios; uno de los indispensables ha sido siempre el chicle. Y es que… ¿quién no se ha llevado a la boca ese pequeño masticable en algún momento de su vida para entretener el apetito, alargar el espacio que separa dos cigarros, combatir el mal aliento o disimular otros olores que impregnan nuestra cavidad oral y que no quieres admitir (ese chicle antes de entrar en casa para que los papis no se enteren de…)?

Mucho se ha escrito sobre beneficios y perjuicios de masticar chicle. Se conoce, por ejemplo, que contiene azúcares alcoholes como el sorbitol y el xilitol. Al no ser absorbidos por completo en el organismo ni poder ser fermentados por las bacterias orofaríngeas, realizan el trabajo de barrer los desechos de la cavidad oral al liberarse la saliva y librarnos de este modo de la caries. Como punto negro, a destacar el efecto laxante del sorbitol. Puede ser grave si nos excedemos en su consumo. Otro hallazgo destacable es que, supuestamente, mejora ciertos aspectos de la memoria y aumenta la agilidad mental al aumentar el flujo sanguíneo cerebral.

Un estudio de la Universidad norteamericana de Rhode Island comprobó hace años que quienes mastican chicle tras almorzar disminuyen hasta un 8% su ingesta de calorías al envíar señales al cerebro que activan el proceso de saciedad. Por otro lado, el mismo acto de mascar chicle aumenta el gasto cardiaco y produce cierto gasto calórico —unas 11 calorías por hora— y el ingerir algo de dulce que lleva incluido puede calmar algo la ansiedad de comer.

Sin embargo, los últimos descubrimientos ahondan por otros derroteros: el sabor por el que nos decantemos nos conducirá hacia malos hábitos de dieta. Atención a la clorofila. Según la doctora en nutrición Christine Swoboda, los chicles con sabor a menta, tras ser consumidos, provocan un desprecio de los alimentos saludables a causa del producto químico responsable de este refrescante sabor.

Este cambio químico en el sabor se rige por el mismo principio que motiva que, al cepillarnos los dientes, sabores como el del zumo de naranja nos resulten desagradables. A los participantes en el experimento, tras mascar chicle, se les dio a eligir entre determinadas viandas. Las papilas gustativas de los que no consumieron chicle se decantaron mayoritariamente por la fruta, los usuarios de chicle mentolado escogieron comida basura y los resultados de los consumidores de chicle de frutas no fueron considerados concluyentes. Al parecer, el sorbitol, al interactuar con los nutrientes de frutas y verduras, crea un sabor amargo, por eso los alimentos saludables nos parecen menos atractivos. El resultado de este conflicto químico es que quienes mastican chicle de menta, aunque realicen menos comidas, no consiguen consumir menos calorías.

Y ahora que ando metida de lleno en la operación bikini, recibo este dato con inquietud mientras observo uno de los diez paquetes de placebos de mentol que ya compré para entretener el apetito. Al final, va a resultar que el más inocente e inofensivo descarrío resulto ser… ¡mi pobre pulgar!

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

 

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