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Medir y clasificar. Menuda tarea y menudos problemas que a veces acarrea. Los humanos somos especialistas en complicarnos la vida de manera innecesaria; o mejor dicho, nos la complicamos con abyectas intenciones que intenten dejarnos por encima de nuestros semejantes. El concepto de supremacía —que no necesariamente significa estar en la cúspide de la pirámide de cualquier ecosistema— resulta peligroso aplicado al reino animal, pero si se aplica dentro de los especímenes de la misma especie, puede ser malvado.

Está claro que no todos somos iguales, la genética y el ambiente hacen que algunos sobresalgan por sus habilidades, sean intelectuales o físicas. Unas diferencias que podrían aplicarse a las diferentes razas, pero extrapolar esas características especiales a cuestiones como la inteligencia es adentrarse en un mundo complicado y avieso, porque construir una teoría sobre la supremacía de las razas —o arrogarse ser el pueblo elegido— ya sabemos a qué acaba conduciéndonos.

El escándalo ha vuelto a surgir, curiosamente, en una zona del planeta que dice definirse por su amor a la libertad y a la igualdad de oportunidades. Exactamente, en los EE UU. Una tesis doctoral asegura que hay grupos raciales, como los hispanos o los africanos, que tienen un cociente intelectual (CI) más bajo que los asiáticos o caucásicos.

Como en una investigación criminal, ante afirmaciones de tal calibre, lo primero que hay que preguntarse es a quién favorece el asesinato. Ni más ni menos que dicho trabajo ha sido promocionado por la Fundación Heritage, un grupo norteamericano ultraconservador. Seguro que ya intuyen por dónde van los tiros.

Y como la mejor manera de erradicar los prejuicios es atacarlos de raíz, de entrada, cuando se habla de cociente intelectual, ha de saber que estamos ante un concepto abstracto que teóricamente se mide a través de unos test que, desde hace tiempo, se han puesto en entredicho. Entre otros asuntos, porque no tienen en cuenta “la naturaleza tan compleja del intelecto humano”. Es decir, que se trata de uno de los parámetros que habría que tener en cuenta, pero no el único, para establecer el nivel de inteligencia real de una persona.

De hecho, una ambiciosa investigación probó, mediante la realización de un escáner, que existen al menos tres componentes cognitivos fundamentales: la memoria a corto plazo, el razonamiento y la habilidad verbal. Cada uno de ellos pone en marcha diferentes circuitos neuronales, lo que viene a significar que existen personas que destacan en una de esas áreas y no en otras. O sea, que puede haber alguien brillante en su capacidad de razonamiento y no en sus habilidades lingüisticas. Y como los test del CI no miden los tres, lógicamente, sus conclusiones son parciales para definir quién es más inteligente.

Vistas así las cosas, hay que tomarse con las debidas cautelas los test de CI —que tienen su valor— y, sobre todo, desconfiar de quien se apoye en ellos para afirmaciones tan grandilocuentes como la comentada. Porque, como decía el clásico, “algo huele a podrido en Dinamarca”.

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