diabetes

La evolución ha dotado a cada especie con unas características concretas. Los diferentes diseños responden a las necesidades adaptativas para vivir en un entorno y cualquier cambio puede resultar perjudicial. Es el precio que tenemos que pagar los seres pluricelulares. Modificar nuestros hábitos de vida (de ejercicio, de dieta, etc.) supone jugar a la contra de la naturaleza y aumentar nuestras papeletas para padecer enfermedades. Resulta muy complicado ganarle la partida a la genética, aunque afortunadamente los humanos contamos con el aliado de nuestra inteligencia y, gracias a ella, de la Medicina, que cuando deja de ser preventiva se convierte en paliativa en la mayoría de los casos.

Hoy nos detendremos en uno de estos males que afecta a un porcentaje elevado de la población: la diabetes. Los cálculos de la OMS auguran que afectará a 370 millones de personas en los próximos 15 años. Una enfermedad crónica que puede acabar provocando una pésima calidad de vida, que se caracteriza por mantener unos niveles altos de azúcar en la sangre y que puede abocarnos a la muerte.

Genéticamente, se trata de una tara. Nuestro organismo, en concreto el páncreas, no produce en las cantidades necesarias una hormona, la insulina, que es la responsable de metabolizar los niveles de glucosa. La glucosa es la principal fuente de energía de nuestro organismo. Esta hormona es la encargada de transportarla a través del torrente sanguíneo a músculos, grasa y las células hepáticas.

La falta de insulina acaba derivando en problemas mayores y desencadena problemas en ojos, riñones, nervios y vasos sanguíneos, que pueden incluso provocar un coma con las consecuencias neuronales que esto puede conllevar. Estos daños colaterales acabarán apareciendo por el propio progreso de la enfermedad o por su inadecuado tratamiento.

Los principales síntomas son la visión borrosa, la fatiga (los músculos no tienen gasolina suficiente), hambre y excesiva sed, pérdida de peso y unas terribles ganas de orinar, aunque la denominada diabetes de tipo 2 puede ser asintomática y, por contra, la de tipo 1 (la propiamente genética), puede dar la cara cuando la enfermedad esté muy avanzada. Sus consecuencias pueden llevarle a la ceguera, a ulceraciones en las extremidades que pueden precisar de su amputación, problemas digestivos o problemas de sensibilidad nerviosa y coronarios.

La diabetes no tiene cura, solo tratamientos paliativos y, en el caso de la 2, mantener a lo largo de su vida hábitos saludables tanto en la dieta como en la práctica de ejercicio (y lógicamente tomar los medicamentos).

No estamos ante una enfermedad contagiosa pero, desgraciadamente, es un mal que los humanos hemos inducido en nuestras mascotas, sobre todo a perros y gatos. Uno de cada 500 perros y uno de cada 200 gatos la padece. Los cambios alimentarios a los que los hemos sometido a lo largo de su proceso de domesticación los han convertido en extremadamente vulnerables a este problema.

La sintomatología es la misma; pero si no estamos pendientes de ellos —desgraciadamente no pueden manifestarnos con su voz que se encuentran enfermos— a veces llegamos demasiado tarde.

Con el cuidado y tratamiento adecuado —humanos y mascotas— podemos llevar una calidad de vida aceptable. Así que ya saben, cuidado con la glucosa.

Enrique Leite

 

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