los animales también se aburren

El placer de no hacer nada… el dolce far niente. Toda una aparente filosofía de vida de nefastas consecuencias: la primera, el aburrimiento. Los ociosos no tienen hueco en la naturaleza. Incluso aquellas especies que denominamos parásitos o parasitarios tienen su papel y su misión, y aunque nos parezca mentira, no tienen tiempo para aburrirse. Bueno, todos, todos, no, que seguro que encuentran a su alrededor algún espécimen de humano inoculado por ese terrible mal que se caracteriza por una irresistible tendencia a la molicie y que aparentemente son felices.

No es que queramos defender desde estas páginas a los estajanovistas —obsesos del trabajo— o a los hiperactivos. Es que esa falta de acción tiene consecuencias fatales para la salud y, también, para la vida. Biológicamente estamos programados para obtener por nosotros mismos nuestro sustento y cualquier alteración en estas pautas puede ser el detonante de cambios sustanciales. Es lo natural.

Uno de los primeros síntomas que aparecen cuando nos encontramos fuera de nuestro hábitat es el aburrimiento. Curiosamente, se ha observado que este patrón —aburrirse— es común a todos y las respuestas son similares. Los etólogos —los estudiosos de los comportamientos animales— han determinado que los animales, sobre todo aquellos a los que se les extrae de su ambiente habitual —los que nos empeñamos en domesticar o tenemos en cautividad en jaulas—, también se aburren. Pero si el mal es común, también el remedio lo resulta: combatimos esa falta de estímulo vital del mismo modo: comiendo o durmiendo (grandes atracones y prolongadas siestas).

De entrada, comer más ya sabemos a lo que nos conduce: engordamos y con ese aumento de la grasa corporal surgen los problemas cardiorespiratorios y también los digestivos. El círculo se cierra con el aumento del sedentarismo (ya comentamos hace tiempo esa tendencia natural de hincarle el diente a cualquier cosa cuando no sabemos qué hacer). Pero ahora profundizamos en otra línea. Al carecer de estímulos, esos animales ociosos asumen más riesgos y son proclives a meterse en problemas.

Las investigaciones demuestran que el aburrimiento en el mundo animal conduce a un descenso en los niveles de estrés (de alerta) y que cuando viven en espacios confinados, además de comer más y prolongar el tiempo de permanecer acostados, tienden a acercase a objetos peligrosos en búsqueda de un estímulo, algo que en condiciones de libertad nunca harían.

Ya ven, el aburrimiento no solo nos puede conducir a la melancolía, nos puede convertir en temerarios y, desde luego, enfrentarse al riesgo solo con la intención de matar el aburrimiento tampoco parece a priori una alternativa de lo más inteligente.

Lara de Miguel Fernández, limnóloga

Anuncios