papel

Ser inmortales. Bonito sueño que persiguen los humanos desde que bajamos de los árboles. Y si no podemos vivir eternamente, que por lo menos perduren nuestras obras y que quede un rastro de nuestro paso por la Tierra. Una utopía al alcance de aquellos pioneros que, utilizando restos de sangre, arcillas y otros materiales, se dedicaron a emborronar las cuevas que les cobijaban.

Probablemente, la conciencia de ser una civilización, de formar parte de un gran proyecto colectivo, existe desde el momento en que se pudo escribir la Historia —la cotidiana o la épica—. Inicialmente en forma de pictogramas en cualquier soporte físico que pudiera perdurar. Probablemente, la escritura cuneiforme y las tablillas de arcilla sean de los primeros medios en los que se tengan constancia de multitud de facetas de la cultura mesopotámica, cómo era la vida cotidiana, cómo era la historia de ese momento.

Resulta apasionante comprobar cómo al poco de inventarse la escritura ya se escribían obras literarias maravillosas, como la epopeya de Gilgamesh. Sin embargo, parece bastante obvio que las tablillas iniciales no resultaban el recipiente adecuado para perdurar, además de su fragilidad ocupan demasiado espacio y eso sin contar los problemas de almacenamiento y transporte —prefiero no imaginarme el martirio que suponía en esos tiempos hacer una mudanza y embalar todos los libros—. Quizás por ello, los egipcios acuñaran otro modo de imnortalizar sus hazañas, más allá de grabar las inscripciones en lo momumentos: los papiros.

Sin embargo, el papel como tal parece ser un invento chino. Los libros dicen que el papel se inventó allá por el año 105 antes de Cristo por un tal Lun, que era el jefe de los suministros de la casa del Emperador. Parece ser que lo hizo a partir de los desperdicios de tela a los que tenía acceso como responsable de los suministros.

No obstante, otros investigadores han pensado que tal vez las cosas no hayan trascurrido de ese modo. Según narra una leyenda, el papel pudo ser fruto de la observación de algún erudito chino que al ver a las avispas volar y hacer sus nidos se percatara de que en la elaboración de los mismos existía algo interesante. Algunas avispas elaboran sus nidos con un material que recuerda mucho al papel y que logran masticando fibras vegetales y mezclándolas junto con su propia saliva. Al secarse, queda una estructura sólida y resistente en cuyo interior las avispas reinas depositan sus huevos.

No resulta pues extraño pensar que alguien, por imitación, intentara obtener por su cuenta una pasta similar y del material resultante intentara, sin dudarlo, escribir con tinta las primeras palabras sobre este material heredado de la sabia naturaleza.

Es probable que no sepamos nunca cuál fue el origen del papel, pero si me dan a elegir me quedo con la leyenda. La naturaleza nos ofrece una y otra vez indicaciones sobre lo sencillas que pueden ser las cosas y de cómo muchas de estas, lejos de ser inventos humanos, son obra de otros animales.

Jesús Pintor, catedrático de Bioquímica y académico de la RANF

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