corazon que huele 

¿Esta usted seguro de que solo huele por la nariz? Y si le decimos que es posible que no, que también capte olores a través de otros órganos de su cuerpo, ¿cómo se queda? Hasta ahora, todos los estudios biológicos situaban en todos los animales la capacidad de oler en torno a la nariz y el hocico, aunque esta teoría podría echarse por tierra en los próximos años.

Cada especie desarrolla este sentido de acuerdo a sus propias necesidades —la evolución ha marcado sendas y capacidades diferentes—. Así, hay animales, como los osos o los tiburones, que son capaces de detectar la presencia de otros a kilómetros de distancia; y otros, como los topos, que huelen en estéreo; o nosotros mismos, que quitando determinados individuos que se dedican a las catas, somos capaces de oler más bien poco.

El olfato se percibe a través de los receptores olfativos. Es decir, a través de unas terminales donde se alojan los compuestos químicos volátiles responsables de los olores. Estas terminaciones los captan y activan señales que mandan al cerebro, que a su vez actúa para procesar y reconocer esos olores.

Tradicionalmente se pensaba que esta labor se realizaba en exclusiva por un órgano, la nariz, donde se situaban de manera específica estos filtros. Pero recientes investigaciones presentadas en la Exposición Nacional de la Sociedad Americana de Química (abril de 2013) revelan que también existen en las células de la sangre. O sea, que es posible que también el corazón capte los olores.

Ciertamente, el equipo de investigadores solo ha detectado su presencia y que están activados, pero aun no ha sido capaz de determinar qué papel cumplen realmente en nuestro organismo. El equipo investigador comprobó mediante un experimento sencillo que las células sanguíneas eran capaces de desplazarse hacia el olor que desprendía un pocillo donde habían depositado una sustancia odorante; es decir, se sentían atraídas por el olor debido a la activación de sus receptores olfativos.

Ahora bien, eso no tiene por qué llevar aparejado la afirmación de que el corazón, por ejemplo, sea capaz de oler la comida que acabemos de deglutir, aunque sin duda abre un interesante campo a la investigación para conocer mejor esa clasificación que hacemos entre el tipo de alimentos que nos resulta apetitoso y el grupo de los que no.

También habrá que profundizar en el descubrimiento y observar si esa particularidad de las células sanguíneas es exclusiva de los humanos o también es extensiva a otro tipo de especies. Porque, de ser así, también se abrirían numerosos campos para descubrir.

Pero eso, de momento, es harina de otro costal.

Anuncios