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En términos de evolución, los humanos somos un auténtico cúmulo de preguntas, todavía sin respuesta, que los científicos se empeñan en contestar. Una de las más recurrentes tiene que ver con el momento en el que decidimos erguirnos sobre nuestras piernas y pasamos a desarrollar nuestra propia línea evolutiva.

Hasta ahora, la explicación más aceptada tenía que ver con la alimentación: un cambio en el clima nos habría forzado a descender de los árboles para procurarnos nuestro sustento. Ya en tierra firme, siendo más vulnerables a los depredadores, la necesidad nos empujó directamente a ser bípedos (nos movemos más rápido sobre dos que sobre cuatro patas).

Pero como en ciencia todo es revisable, ha surgido una nueva corriente de investigadores que apuestan por otro tipo de respuesta que explique nuestro caminar erguido. Y tiene más que ver con nuestras aficiones que con las provisiones. Este grupo estima que esa decisión que marcó nuestro futuro es fruto de nuestro placer por caminar por rocas escarpadas en África. 

Es decir, que surgió como mecanismo de adaptación al terreno —el suelo— y no como reacción a los cambios en la vegetación provocados por un cambio en el clima que alejó nuestra alimentación de la copa de los árboles. La hipótesis se ha realizado en función de los estudios que han realizado un grupo de arqueólogos de la anatomía del andar y el tipo de hábitat que predominaba en la sabana africana en tiempos de Lucy.

Publicado en la revista Antiquity Journal, los científicos aventuran que estos homínidos se sintieron atraídos por las gargantas rocosas de esta zona de África (Este y Sur) ya que les ofrecía la posibilidad de refugiarse y también de cazar. Y claro, en este terreno tan accidentado, la movilidad es mejor caminando que gateando. Liberar sus manos les permitía establizarse o izarse sobre los obstáculos del terreno.

Los análisis anatómicos de los fósiles apuntan que habrían también desarrollado una mayor capacidad para agarrar objetos. A partir de ese punto, explicar la evolución no resulta complicado. Al liberar las manos del suelo, los homínidos pudieron adquirir mayor destreza con estas extremidades y desarrollar herramientas con las que valerse para cazar. Pertrechados con mejores armas, pudieron aventurarse en las llanuras circundantes en búsqueda de nuevos hábitats, lo que a su vez produjo un desarrollo de la capacidad de orientación en el espacio.

El resto ya lo conocen: el desarrollo de la inteligencia y con ella la mejora de nuestras capacidades cognitivas, que nos ha llevado a vivir encerrados en torres de más de 100 metros en abigarrados espacios a los que pomposamente llamamos ciudades y a las que atribuimos el progreso.

Lo cierto es que como teoría —avalada por esos estudios anatómicos— resulta bastante lógica y, por lo tanto, creíble. Ahora bien, no es incompatible con la tradicional (la de que bajamos de las ramas en búsqueda de comida).

La discusión, y lo que es más importante, la nueva línea abierta de trabajo que se abre sin duda no será ajena a la polémica y al debate.

Enrique Leite 

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