biberon

El pecho de mamá se parece cada vez más a las espinacas de Popeye o a la marmita de poción mágica en la que cayó de pequeño el singular Obelix. Ya he acreditado desde estas páginas mi posición a favor de la lactancia materna desde diferentes enfoques —la mía y la de la OMS que la recomienda al menos hasta los dos años como mínimo—. Entre sus beneficios es bien conocido que reduce infecciones, problemas gástricos, alergias y la posibilidad de desarrollar obesidad, hipertensión y diabetes, es decir, en general los niños amamantados son más sanos. ¿Y si les digo que además serán más inteligentes?

Tras décadas convenciendo a la mujeres para que compatibilicen sus inquietudes laborales con la vida familiar a costa de ceder el cuidado de sus bebés a otras personas, ahora resulta que amamantar a nuestros hijos eleva su cociente intelectual y mejora su rendimiento académico. Estos son los impactantes resultados del estudio publicado por científicos de la Universidad de Brown en la revista Neuroimagen

El profesor Sean Deoni, líder de la investigación, asegura que desde que abandonamos el útero y precisamos alimentación externa comienza un periodo crucial para el desarrollo del cerebro y que esta leche contribuye a que los lactantes potencien partes claves en el mismo con solo tres meses de este procedimiento natural. Es decir, los niños alimentados exclusivamente de esta forma parten con ventaja. El estudio se basó en pruebas de resonancia magnética funcional (FMRI) realizadas a 133 niños sanos de edades comprendidas entre 10 meses a 4 años de edad. Los bebés fueron divididos en tres grupos: los primeros recibieron exclusivamente leche materna durante tres meses, un segundo grupo fue alimentado con leche de fórmula y en tercer lugar están aquellos que se criaron con una mezcla de ambas.

Los escáneres por resonancia magnética permiten contemplar las microestructuras del cerebro y buscar las cantidades de sustancia blanca que contiene largas fibras nerviosas, mielina, que comunica diferentes zonas del cerebro a través de señales eléctricas. El grupo de los alimentados exclusivamente con leche natural presentaba hasta un 30% más de mielina, frente a los que tomaban solo leche de fórmula. Los análisis mostraron que esta alimentación natural les procuraba un mayor volumen de materia blanca y gris que la que se midió en los niños que fueron alimentados con leche artificial. Investigaciones recientes han demostrado además que no solo la inteligencia, sino también determinados trastornos mentales dependen de esas conexiones que se encarga de realizar la sustancia blanca.

En principio, esta diferencia de cociente intelectual en un niño sano puede ser menos perceptible, pero en niños con problemas significa una mayor calidad de vida. Este es el caso de los prematuros, para los que la lactancia no es capricho sino medicina, o el caso de bebés con síndrome de Down, que obtienen hasta 7 puntos más de inteligencia si son amamantados.

Creo que son argumentos de peso para que alguien se detuviera a analizar en profundidad aquellas políticas que ofertan guarderías a los cero meses como alternativa a la crianza, en lugar de formar a los profesionales de salud y tomar medidas para que tantas mujeres que desean e intentan amamantar a sus niños no tengan que abandonar su sueño por falta de apoyo.

Yo, con la mayoría de edad ligeramente superada y que provengo de una familia numerosa, me cuestiono si esta decisión —la de darme de mamar— afectó o afecta a mi inteligencia actual. Imagínense algún bufete espabilado de abogados, americano por supuesto, olfateando el filón de futuras demandas de hijos indignados. ¡Mi mamá pudo, pero eligió no darme de mamar!

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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