Half-full beer on the wooden table

Quitar lo que se dice quitar la sed, ciertamente lo hace, pero enfermos al margen, el agua no deja de ser una bebida que, comparada con otras —como por ejemplo la cerveza—, provoca una cierta melancolía. Y si no, imaginen en estos días donde el calor aprieta… a un extremo de la barra pongan una jarra de agua fresquita y en el contrario, una copa helada conteniendo esa bebida amarilla rematada en espuma en su parte superior. No hace falta recurrir a la estadística para afirmar que la abrumadora mayoría se decantará por la cerveza.

Seguro que entre los amables lectores alguno habrá que dude de tan categórica afirmación. Para ellos, para los escépticos, va dedicado el siguiente razonamiento: la dopamina es la responsable de que prefiramos la cerveza al agua. En ocasiones la ciencia es una buena sustituta de los fríos números y sepan que con solo el olor, ni siquiera hace falta recurrir al paladar, se desencadenan en nuestro organismo una serie de reacciones que derivan en la producción de dopamina.

El estudio al que hacemos referencia se basó en el análisis de lo que ocurría en el cerebro de una serie de sujetos cuando bebían agua, cerveza y una bebida de esas modernas que llaman isotónicas y que toman los deportistas cuando someten a su cuerpo a las fatigas del esfuerzo. Mayoritariamente, afirmaron casi sin pestañear que preferían la cerveza.

Examinado su cerebro, los investigadores pudieron comprobar que, a pesar de su sabor amargo, el contenido del zumo de cebada fue capaz de activar el sistema de recompensa del cerebro. Un hecho que nos induce a seguir ingiriendo el brebaje más allá del primer sorbo y que, en la mayoría de los casos, nos prepara el cuerpo para pedir una segunda caña. Seguramente de ahí esa costumbre de poner el plural en lugar del singular cuando decidimos salir a tomar algo (¿nos vamos de cañas?).

Pero no crean que los científicos son seres preocupados por la semántica. Esta investigación, en la que una de sus conclusiones fue descifrar el por qué no nos resistimos a tomar una segunda copa, tiene su génesis en el estudio de las adicciones y en concreto el alcoholismo.

La relación entre dopamina y adicción al alcohol es ampliamente conocida y por ello resulta clave comprender qué es exactamente lo que provoca la liberación de esta hormona y combatir de este modo las adicciones. Uno de los objetivos que ha probado este equipo es que, más allá del sabor, la visión y el olor también activan este mecanismo de recompensa; es decir, nos empujan a beber. En concreto, tras ver, oler y probar el primer sorbo se desencadenó la emisión de dopamina en el cuerpo estriado ventral del cerebro y comenzó la sensación de tener mayor ansia por beber.

Y, yo no sé a ustedes, pero con tantas imágenes de cerveza rondando mi mente, creo que voy a hacer un alto y tomarme una cañita.

Enrique Leite, periodista

 

Anuncios